La pava silbaba avisando el punto justo del agua, la tomó con la manopla y volcó el
contenido en dos tazas de té de porcelana, puso dos terrones de azúcar en cada platito y agradeció que a pesar de su edad tuvieran la diabetes controlada. Preparó las tazas y agregó unas masitas que sacó de la alacena, eran scons que había horneado el día anterior, los que a ella le gustaban. Tomó la bandeja y se fue al patio donde Ema lo esperaba sentada junto a la mesa del jardín.
Apoyó la bandeja y rodeando la mesa le dio un beso en la frente -como a vos te gusta - le dijo. Tomaron el té tranquilamente charlando de las cosas buenas y malas de la vida, sin apuro, como si el mundo se hubiera detenido ante ellos, como si el aire no fuera aire sino formol que preserva las cosas y los momentos en ese mismo instante de emoción.
El era feliz, ella también, las cosas iban de mil maravillas, sin contratiempos ni
cavilaciones, sin preocupaciones ni sobresaltos desde aquél accidente del que por suerte habían salido ilesos. Maldito perro, se les había cruzado en medio de la carretera y no les dio tiempo a detenerse dando el auto en el que viajaban un trompo y una vuelta de campana. Pero eso ya era cosa del pasado, ahora estaban felices, sin rastros del accidente y tomando té en el jardín de su casa. El Sol brillaba en un cielo azul limpio de nubes y sombras.
No recordaba cuándo fue la última vez que llovió, ni cuándo vio a sus hijos, tenía dos Alicia y Oscar, seguramente sus actividades les dejaban poco tiempo para una visita. En la mañana, si el teléfono funcionaba, los llamaría. Ema lo agradecería.
Se quedó unos minutos más que Ema en el jardín. Sus rosas eran su pasatiempo favorito
pasaba largas horas junto a ellas limpiándolas y sacando yuyos entre los tallos, mientras le hablaba a las plantas casi susurrando. Era algo que Ema no toleraba, -parecés un loco- le decía reprochándolo con una sonrisa. -Ella no sabe que me escuchan, que a veces hasta parece que me quisieran decir algo... O quizás tenga razón, parezco un loco pero soy feliz con mi locura... y con Ema-.
La notó extraña al día siguiente, como ida, le preguntó qué le sucedía pero le contestó con una evasiva como para que no se preocupara. Raro, muy raro.
En el almuerzo, que siempre era animado, casi no cruzaron palabra, ella comía en
silencio y a él le pareció ver que sus ojos brillaban, no pudo probar bocado, el nudo que tenía en la garganta lo sometía al más absoluto silencio, ya se le pasará, pensó.
Después de la siesta la vio pasar varias veces por el comedor, intentó acercarse a ella pero en todo momento lo evitaba. Quizás tuviera relación con sus largas ausencias... Esperaría un momento más propicio para pedirle explicaciones, quizás era él el culpable de su proceder. Es que a veces hacía cosas que la irritaban y pasaba horas sin hablarle hasta que él se rendía y pedía perdón, pero éste no parecía ser el caso.
No pudo pegar el ojo en toda la noche, al acostarse Ema le dio la espalda, él miró y
acarició sus formas hasta la madrugada, sintió, por momentos, que lloraba. Le pidió
perdón por cualquier cosa en que él la hubiera ofendido, cosa que él ignoraba, pero
seguía sin entenderla. Al tiempo se percató que ella dormía, no pudo aguantar la
amargura, se levantó y fue al jardín. Habló con sus rosas hasta el alba, le contó todo lo que sentía y lo que estaba pasando sin esperar una respuesta de ellas, -claro, si ustedes no hablan- dijo meneando negativamente la cabeza. Se puso de pie y lentamente se dirigió a la cocina a preparar el desayuno.
-Antonio, nuestra vida juntos esta llegando a su fin- le dijo y esas palabras sonaron como un trueno en su cabeza borrando de a poco la sonrisa que le había regalado cuando ella le pidió que la escuchara.-Qué estás diciendo?- dijo casi con su corazón deteniéndose, la tomó de la mano, la atrajo hacia él, la besó, -siempre vamos a estar juntos, no te preocupes-.-Es que vos no entendés, está sucediendo ahora mismo- ella no pudo contener las lágrimas que brotaban sin cesar de sus cansados ojos y al decir esto lo abrazó con fuerza, -nunca te voy a abandonar mi amor, nunca, siempre voy a estar con vos, aquí o dónde fuera-. Antonio no entendió lo que Ema le decía, cómo hacerlo?, eran palabras que no quería ni deseaba escuchar nunca, pero ahora estaban con él mancillando su ser y oprimiendo su pecho en una angustia sin límites.
Escuchó una voz extraña que decía algo acerca de la voluntad de sus hijos que no
alcanzó a entender. No le importó, Ema estaba con él... Ema... Abrió los ojos y vio a sus hijos abrazados, Alicia lloraba desconsoladamente, trató de alcanzarla, pero le ganaba la impotencia. En la entrada de la sala vio a Ema, estaba radiante como cuando la vio la última vez. Miró a su alrededor, no podía moverse, pero sentía una inmensa libertad, extraña libertad. Las manos de ella se cerraron sobre las de él. Cerró los ojos un momento, respiró profundamente, y sin esfuerzo se sentó en la camilla. Acomodó sus ideas, y, lentamente, miró hacia la cabecera de la cama imaginando lo que encontraría, debajo de una mascarilla de oxígeno adivinó su propio rostro, meneó la cabeza a los lados, ahora lo entendía todo. Ema no había sobrevivido al accidente, y él había quedado en coma por años y, por lo visto, sus hijos habían decidido desconectarle el respirador destruyendo la vida espiritual con su esposa. Su cuerpo tirado en la cama, su familia llorando la pérdida, y él, con emociones encontradas, tristeza por la muerte y felicidad
por su nueva vida... Ema le sonrió atrayéndolo hacia ella, él se puso de pie -no te pueden ver, quizás sentir, pero no ver- caminó por entre sus hijos, trató de tocarlos, Alicia sintió un escalofrío que la acurrucó contra su hermano -papá- miró al vacío y con su mano levantada quiso tocarlo. Ella lo sentía, su hermano la trajo para sí -sí Ali, papá está con nosotros- apoyó la cabeza sobre su hombro y lloró fuertemente.
Antonio se acercó a la puerta conducido por Ema, volteó la cabeza y vio el triste cuadro que dejaba atrás. Sus hijos superarían la pérdida, miró a Ema, su Ema que lo miraba con esos ojos que tantas otras veces lo habían visto, esos ojos que traían esa paz a su alma que ahora en realidad tenía, caminaron por el pasillo tomados de la mano, él se detuvo un instante, Ema se extrañó, puso su mano en los blancos cabellos de ella y los alisó, -te ves hermosa- le dijo, ella sonrió, las arrugas de su cara de repente se alisaron dejando un rostro terso y suave, tomándola de las mejillas la besó apasionadamente, -vamos- dijo ella, -vamos- dijo él.
Ahora él volvía a estar con su amada esposa. Ahora disfrutaría nuevamente del té en el jardín. Ahora tenían toda la eternidad para hacerlo.
sábado, 4 de abril de 2009
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la puta que vale la pena estar vivo!!cecy
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