Cuando el sol se oculta tras nubes de plomo
y en el aire se respira el alivio de la tierra,
Cuando la repentina oscuridad calla el trino de los pájaros
y la suave brisa se vuelve vendaval,
Cuando el trueno despierta los miedos de la infancia
y las luces hacen retroceder al valor,
Cuando la tierra despierta del letargo
y hace temblar a los hombres,
Cuando las gotas toman vida
y golpean tu ventana suicidándose una tras otra
y se transforman en ríos de lágrimas,
Cuando necesitamos creer que Dios existe
y todos los deseos se vuelven uno solo
y cada estruendo resuena más cerca del anterior,
te abrazas a lo que amas
y cerrando los ojos llamas recuerdos que te hagan sonreír.
Y como la vida, el tiempo pasa,
Y ante su andar sereno y majestuoso
El cielo cede y la calma vuelve
Las últimas gotas remolonas se desploman
Y los primeros paraguas osados asoman
El sueño aplacó tu temor.
Al despertar sólo la humedad de las ventanas
Te recordará la noche.
Quien amas aún duerme con el rostro ahora sereno
Velado por ti en las horas más oscuras
El sol ilumina la mañana fría y desquiciada
Pero ya está,
La paz vuelve una vez más...
...hasta la próxima tormenta.
lunes, 6 de abril de 2009
sábado, 4 de abril de 2009
El Umbral
Cuando paso el umbral de mi casa y cierro el portón, hago un paquetito con todos mis problemas y los dejo a un costado, ahí cerca del pino. Saludo al perro acariciándole la cabeza (es increíble que solo pida eso) y miro desde lejos la entrada de mi casa. Mientras atravieso el parque y el perro salta y da volteretas (que bueno, por lo menos alguien se alegra de verme!), voy sacudiendo restos de problemas y desventuras que aún siguen agarrados como garrapatas a mí.
Cuando llego a la puerta miro hacia atrás, hacia el portón, y veo todos los problemas que me sonríen desde lejos, desdeñosos y como si hablaran escucho un “descansa ahora en tu castillo que mañana volvemos con vos” y los ojos titilan como luciérnagas hasta que se apagan.
Meneo la cabeza de un lado a otro y no puedo evitar sonreír mientras la puerta de la casa se abre desde adentro y me baña la luz y el olor a pan caliente…
Estoy a salvo, por lo menos hasta mañana...
Cuando llego a la puerta miro hacia atrás, hacia el portón, y veo todos los problemas que me sonríen desde lejos, desdeñosos y como si hablaran escucho un “descansa ahora en tu castillo que mañana volvemos con vos” y los ojos titilan como luciérnagas hasta que se apagan.
Meneo la cabeza de un lado a otro y no puedo evitar sonreír mientras la puerta de la casa se abre desde adentro y me baña la luz y el olor a pan caliente…
Estoy a salvo, por lo menos hasta mañana...
El Beso
Mis dedos como espolones
surcan tus desordenadas olas de pelo embravecido,
mi mano vuelve por detrás de tu oído
tomando la curva pronunciada de tu cuello hasta tu hombro,
y baja poco a poco por tu brazo
sintiendo en cada centímetro erizarse a tu piel.
Como cómplice del pecado mi otra mano se aferra a tu cintura
y te trae suavemente hacia mi
la sorpresa te dibuja una sonrisa de Gioconda
mezcla de enigma y placer.
Un lento parpadeo y una vista firme.
Tu mirada cristalina desarma a mis ojos serios y profundos.
Me pregunto si esto es real o tan solo un sueño.
Tu aliento húmedo como una sirena
atrae a mis labios hacia tu boca,
por un momento tu respiración se detiene,
la mía te imita,
las gargantas hierven,
el fuego aumenta,
el mundo se consume en un instante de gloria…
y el beso...
...el beso es eterno.
surcan tus desordenadas olas de pelo embravecido,
mi mano vuelve por detrás de tu oído
tomando la curva pronunciada de tu cuello hasta tu hombro,
y baja poco a poco por tu brazo
sintiendo en cada centímetro erizarse a tu piel.
Como cómplice del pecado mi otra mano se aferra a tu cintura
y te trae suavemente hacia mi
la sorpresa te dibuja una sonrisa de Gioconda
mezcla de enigma y placer.
Un lento parpadeo y una vista firme.
Tu mirada cristalina desarma a mis ojos serios y profundos.
Me pregunto si esto es real o tan solo un sueño.
Tu aliento húmedo como una sirena
atrae a mis labios hacia tu boca,
por un momento tu respiración se detiene,
la mía te imita,
las gargantas hierven,
el fuego aumenta,
el mundo se consume en un instante de gloria…
y el beso...
...el beso es eterno.
Eternos
La pava silbaba avisando el punto justo del agua, la tomó con la manopla y volcó el
contenido en dos tazas de té de porcelana, puso dos terrones de azúcar en cada platito y agradeció que a pesar de su edad tuvieran la diabetes controlada. Preparó las tazas y agregó unas masitas que sacó de la alacena, eran scons que había horneado el día anterior, los que a ella le gustaban. Tomó la bandeja y se fue al patio donde Ema lo esperaba sentada junto a la mesa del jardín.
Apoyó la bandeja y rodeando la mesa le dio un beso en la frente -como a vos te gusta - le dijo. Tomaron el té tranquilamente charlando de las cosas buenas y malas de la vida, sin apuro, como si el mundo se hubiera detenido ante ellos, como si el aire no fuera aire sino formol que preserva las cosas y los momentos en ese mismo instante de emoción.
El era feliz, ella también, las cosas iban de mil maravillas, sin contratiempos ni
cavilaciones, sin preocupaciones ni sobresaltos desde aquél accidente del que por suerte habían salido ilesos. Maldito perro, se les había cruzado en medio de la carretera y no les dio tiempo a detenerse dando el auto en el que viajaban un trompo y una vuelta de campana. Pero eso ya era cosa del pasado, ahora estaban felices, sin rastros del accidente y tomando té en el jardín de su casa. El Sol brillaba en un cielo azul limpio de nubes y sombras.
No recordaba cuándo fue la última vez que llovió, ni cuándo vio a sus hijos, tenía dos Alicia y Oscar, seguramente sus actividades les dejaban poco tiempo para una visita. En la mañana, si el teléfono funcionaba, los llamaría. Ema lo agradecería.
Se quedó unos minutos más que Ema en el jardín. Sus rosas eran su pasatiempo favorito
pasaba largas horas junto a ellas limpiándolas y sacando yuyos entre los tallos, mientras le hablaba a las plantas casi susurrando. Era algo que Ema no toleraba, -parecés un loco- le decía reprochándolo con una sonrisa. -Ella no sabe que me escuchan, que a veces hasta parece que me quisieran decir algo... O quizás tenga razón, parezco un loco pero soy feliz con mi locura... y con Ema-.
La notó extraña al día siguiente, como ida, le preguntó qué le sucedía pero le contestó con una evasiva como para que no se preocupara. Raro, muy raro.
En el almuerzo, que siempre era animado, casi no cruzaron palabra, ella comía en
silencio y a él le pareció ver que sus ojos brillaban, no pudo probar bocado, el nudo que tenía en la garganta lo sometía al más absoluto silencio, ya se le pasará, pensó.
Después de la siesta la vio pasar varias veces por el comedor, intentó acercarse a ella pero en todo momento lo evitaba. Quizás tuviera relación con sus largas ausencias... Esperaría un momento más propicio para pedirle explicaciones, quizás era él el culpable de su proceder. Es que a veces hacía cosas que la irritaban y pasaba horas sin hablarle hasta que él se rendía y pedía perdón, pero éste no parecía ser el caso.
No pudo pegar el ojo en toda la noche, al acostarse Ema le dio la espalda, él miró y
acarició sus formas hasta la madrugada, sintió, por momentos, que lloraba. Le pidió
perdón por cualquier cosa en que él la hubiera ofendido, cosa que él ignoraba, pero
seguía sin entenderla. Al tiempo se percató que ella dormía, no pudo aguantar la
amargura, se levantó y fue al jardín. Habló con sus rosas hasta el alba, le contó todo lo que sentía y lo que estaba pasando sin esperar una respuesta de ellas, -claro, si ustedes no hablan- dijo meneando negativamente la cabeza. Se puso de pie y lentamente se dirigió a la cocina a preparar el desayuno.
-Antonio, nuestra vida juntos esta llegando a su fin- le dijo y esas palabras sonaron como un trueno en su cabeza borrando de a poco la sonrisa que le había regalado cuando ella le pidió que la escuchara.-Qué estás diciendo?- dijo casi con su corazón deteniéndose, la tomó de la mano, la atrajo hacia él, la besó, -siempre vamos a estar juntos, no te preocupes-.-Es que vos no entendés, está sucediendo ahora mismo- ella no pudo contener las lágrimas que brotaban sin cesar de sus cansados ojos y al decir esto lo abrazó con fuerza, -nunca te voy a abandonar mi amor, nunca, siempre voy a estar con vos, aquí o dónde fuera-. Antonio no entendió lo que Ema le decía, cómo hacerlo?, eran palabras que no quería ni deseaba escuchar nunca, pero ahora estaban con él mancillando su ser y oprimiendo su pecho en una angustia sin límites.
Escuchó una voz extraña que decía algo acerca de la voluntad de sus hijos que no
alcanzó a entender. No le importó, Ema estaba con él... Ema... Abrió los ojos y vio a sus hijos abrazados, Alicia lloraba desconsoladamente, trató de alcanzarla, pero le ganaba la impotencia. En la entrada de la sala vio a Ema, estaba radiante como cuando la vio la última vez. Miró a su alrededor, no podía moverse, pero sentía una inmensa libertad, extraña libertad. Las manos de ella se cerraron sobre las de él. Cerró los ojos un momento, respiró profundamente, y sin esfuerzo se sentó en la camilla. Acomodó sus ideas, y, lentamente, miró hacia la cabecera de la cama imaginando lo que encontraría, debajo de una mascarilla de oxígeno adivinó su propio rostro, meneó la cabeza a los lados, ahora lo entendía todo. Ema no había sobrevivido al accidente, y él había quedado en coma por años y, por lo visto, sus hijos habían decidido desconectarle el respirador destruyendo la vida espiritual con su esposa. Su cuerpo tirado en la cama, su familia llorando la pérdida, y él, con emociones encontradas, tristeza por la muerte y felicidad
por su nueva vida... Ema le sonrió atrayéndolo hacia ella, él se puso de pie -no te pueden ver, quizás sentir, pero no ver- caminó por entre sus hijos, trató de tocarlos, Alicia sintió un escalofrío que la acurrucó contra su hermano -papá- miró al vacío y con su mano levantada quiso tocarlo. Ella lo sentía, su hermano la trajo para sí -sí Ali, papá está con nosotros- apoyó la cabeza sobre su hombro y lloró fuertemente.
Antonio se acercó a la puerta conducido por Ema, volteó la cabeza y vio el triste cuadro que dejaba atrás. Sus hijos superarían la pérdida, miró a Ema, su Ema que lo miraba con esos ojos que tantas otras veces lo habían visto, esos ojos que traían esa paz a su alma que ahora en realidad tenía, caminaron por el pasillo tomados de la mano, él se detuvo un instante, Ema se extrañó, puso su mano en los blancos cabellos de ella y los alisó, -te ves hermosa- le dijo, ella sonrió, las arrugas de su cara de repente se alisaron dejando un rostro terso y suave, tomándola de las mejillas la besó apasionadamente, -vamos- dijo ella, -vamos- dijo él.
Ahora él volvía a estar con su amada esposa. Ahora disfrutaría nuevamente del té en el jardín. Ahora tenían toda la eternidad para hacerlo.
contenido en dos tazas de té de porcelana, puso dos terrones de azúcar en cada platito y agradeció que a pesar de su edad tuvieran la diabetes controlada. Preparó las tazas y agregó unas masitas que sacó de la alacena, eran scons que había horneado el día anterior, los que a ella le gustaban. Tomó la bandeja y se fue al patio donde Ema lo esperaba sentada junto a la mesa del jardín.
Apoyó la bandeja y rodeando la mesa le dio un beso en la frente -como a vos te gusta - le dijo. Tomaron el té tranquilamente charlando de las cosas buenas y malas de la vida, sin apuro, como si el mundo se hubiera detenido ante ellos, como si el aire no fuera aire sino formol que preserva las cosas y los momentos en ese mismo instante de emoción.
El era feliz, ella también, las cosas iban de mil maravillas, sin contratiempos ni
cavilaciones, sin preocupaciones ni sobresaltos desde aquél accidente del que por suerte habían salido ilesos. Maldito perro, se les había cruzado en medio de la carretera y no les dio tiempo a detenerse dando el auto en el que viajaban un trompo y una vuelta de campana. Pero eso ya era cosa del pasado, ahora estaban felices, sin rastros del accidente y tomando té en el jardín de su casa. El Sol brillaba en un cielo azul limpio de nubes y sombras.
No recordaba cuándo fue la última vez que llovió, ni cuándo vio a sus hijos, tenía dos Alicia y Oscar, seguramente sus actividades les dejaban poco tiempo para una visita. En la mañana, si el teléfono funcionaba, los llamaría. Ema lo agradecería.
Se quedó unos minutos más que Ema en el jardín. Sus rosas eran su pasatiempo favorito
pasaba largas horas junto a ellas limpiándolas y sacando yuyos entre los tallos, mientras le hablaba a las plantas casi susurrando. Era algo que Ema no toleraba, -parecés un loco- le decía reprochándolo con una sonrisa. -Ella no sabe que me escuchan, que a veces hasta parece que me quisieran decir algo... O quizás tenga razón, parezco un loco pero soy feliz con mi locura... y con Ema-.
La notó extraña al día siguiente, como ida, le preguntó qué le sucedía pero le contestó con una evasiva como para que no se preocupara. Raro, muy raro.
En el almuerzo, que siempre era animado, casi no cruzaron palabra, ella comía en
silencio y a él le pareció ver que sus ojos brillaban, no pudo probar bocado, el nudo que tenía en la garganta lo sometía al más absoluto silencio, ya se le pasará, pensó.
Después de la siesta la vio pasar varias veces por el comedor, intentó acercarse a ella pero en todo momento lo evitaba. Quizás tuviera relación con sus largas ausencias... Esperaría un momento más propicio para pedirle explicaciones, quizás era él el culpable de su proceder. Es que a veces hacía cosas que la irritaban y pasaba horas sin hablarle hasta que él se rendía y pedía perdón, pero éste no parecía ser el caso.
No pudo pegar el ojo en toda la noche, al acostarse Ema le dio la espalda, él miró y
acarició sus formas hasta la madrugada, sintió, por momentos, que lloraba. Le pidió
perdón por cualquier cosa en que él la hubiera ofendido, cosa que él ignoraba, pero
seguía sin entenderla. Al tiempo se percató que ella dormía, no pudo aguantar la
amargura, se levantó y fue al jardín. Habló con sus rosas hasta el alba, le contó todo lo que sentía y lo que estaba pasando sin esperar una respuesta de ellas, -claro, si ustedes no hablan- dijo meneando negativamente la cabeza. Se puso de pie y lentamente se dirigió a la cocina a preparar el desayuno.
-Antonio, nuestra vida juntos esta llegando a su fin- le dijo y esas palabras sonaron como un trueno en su cabeza borrando de a poco la sonrisa que le había regalado cuando ella le pidió que la escuchara.-Qué estás diciendo?- dijo casi con su corazón deteniéndose, la tomó de la mano, la atrajo hacia él, la besó, -siempre vamos a estar juntos, no te preocupes-.-Es que vos no entendés, está sucediendo ahora mismo- ella no pudo contener las lágrimas que brotaban sin cesar de sus cansados ojos y al decir esto lo abrazó con fuerza, -nunca te voy a abandonar mi amor, nunca, siempre voy a estar con vos, aquí o dónde fuera-. Antonio no entendió lo que Ema le decía, cómo hacerlo?, eran palabras que no quería ni deseaba escuchar nunca, pero ahora estaban con él mancillando su ser y oprimiendo su pecho en una angustia sin límites.
Escuchó una voz extraña que decía algo acerca de la voluntad de sus hijos que no
alcanzó a entender. No le importó, Ema estaba con él... Ema... Abrió los ojos y vio a sus hijos abrazados, Alicia lloraba desconsoladamente, trató de alcanzarla, pero le ganaba la impotencia. En la entrada de la sala vio a Ema, estaba radiante como cuando la vio la última vez. Miró a su alrededor, no podía moverse, pero sentía una inmensa libertad, extraña libertad. Las manos de ella se cerraron sobre las de él. Cerró los ojos un momento, respiró profundamente, y sin esfuerzo se sentó en la camilla. Acomodó sus ideas, y, lentamente, miró hacia la cabecera de la cama imaginando lo que encontraría, debajo de una mascarilla de oxígeno adivinó su propio rostro, meneó la cabeza a los lados, ahora lo entendía todo. Ema no había sobrevivido al accidente, y él había quedado en coma por años y, por lo visto, sus hijos habían decidido desconectarle el respirador destruyendo la vida espiritual con su esposa. Su cuerpo tirado en la cama, su familia llorando la pérdida, y él, con emociones encontradas, tristeza por la muerte y felicidad
por su nueva vida... Ema le sonrió atrayéndolo hacia ella, él se puso de pie -no te pueden ver, quizás sentir, pero no ver- caminó por entre sus hijos, trató de tocarlos, Alicia sintió un escalofrío que la acurrucó contra su hermano -papá- miró al vacío y con su mano levantada quiso tocarlo. Ella lo sentía, su hermano la trajo para sí -sí Ali, papá está con nosotros- apoyó la cabeza sobre su hombro y lloró fuertemente.
Antonio se acercó a la puerta conducido por Ema, volteó la cabeza y vio el triste cuadro que dejaba atrás. Sus hijos superarían la pérdida, miró a Ema, su Ema que lo miraba con esos ojos que tantas otras veces lo habían visto, esos ojos que traían esa paz a su alma que ahora en realidad tenía, caminaron por el pasillo tomados de la mano, él se detuvo un instante, Ema se extrañó, puso su mano en los blancos cabellos de ella y los alisó, -te ves hermosa- le dijo, ella sonrió, las arrugas de su cara de repente se alisaron dejando un rostro terso y suave, tomándola de las mejillas la besó apasionadamente, -vamos- dijo ella, -vamos- dijo él.
Ahora él volvía a estar con su amada esposa. Ahora disfrutaría nuevamente del té en el jardín. Ahora tenían toda la eternidad para hacerlo.
Cromagnon
Colgó el teléfono, su corazón le latía frenéticamente, sus manos le temblaban, se seco la transpiración con la remera y tomo un trago de cerveza, revolvió el bolsillo trasero de su jean y saco un paquete arrugado de cigarrillos, encendió uno con una larga pitada y exhalando el humo hacia el techo quedó pensativo un instante, se le iba a dar, Silvia le había dicho que si.
Martín cumpliría dieciocho años el treinta de Diciembre y lo quería festejar yendo a un recital, justo el jueves tocaban los Callejeros en Cromagnon y era una buena excusa para invitar a la chica que le quitaba el sueño. La conocía del colegio, era dos años menor que él pero iban al mismo curso, Martín había repetido primer año y ahora con mejores notas auguraba un buen año gracias a la presión que le había metido su padre y el reniego a trabajar, se fijó en ella por primera vez en una clase de primeros auxilios, el formaba parte de la brigada contra incendios del colegio, algo de lo que estaba muy orgulloso, aparte de hacerle zafar horas de clase tenía a su padre contenido con alguna ocupación, aunque fuera ésta. Si bien nunca tuvo que actuar se tomaba muy a pecho su tarea, sabía de mangueras, matafuegos y torniquetes. Cierto día después de una agotadora práctica la vio sentada en las escalinatas del gimnasio donde estaba guardando las lanzas, hablaba con unas amigas y se reía, sintió que lo miraba pero no se atrevió a cruzar su mirada, pensó que no era digno, ella, nena de papá y él, juguete del suyo.. en realidad estaba perdidamente enamorado de ella, pero tenía terror a ser rechazado, cuando su madre vivía le había aconsejado -la indiferencia mata, bien usada te puede hacer un ganador o simplemente, te puede matar- y él ya tenía las medidas del cajón tomadas, pero el que espera desespera, y su paciencia se había agotado, hacía tiempo que había tomado la decisión de llamarla pero no encontraba excusa, se la dieron unos amigos que irían al recital, no lo pensó dos veces y la llamó.
Silvia apretó el tubo del teléfono inalámbrico contra su pecho cuando terminó de hablar con Martín, se mordió suavemente el labio inferior, le corría un frío por la espalda que le llegaba hasta la nuca y le erizaba el cabello. Se dejó caer suavemente sobre la cama sin soltar el auricular, su largo pelo formó un abanico sobre la almohada de fino raso y mirando el techo rosado se quedó pensando en él. Hacía tiempo que esperaba que la invitara a salir pero no se daba, quizás por timidez de él o indiferencia de ella seguramente, pero ya estaba hecho y era claro que saldrían juntos.
Se miró al espejo de la pared que le entregaba una triste figura de hombre, se puso en pose heroica, saco pecho, levanto el brazo apretando el puño y luciendo sus bíceps, -a quien quiero engañar?- la imagen del espejo que se había formado en su mente explotó en mil pedazos. Sacó sus mejores prendas del armario, un jean gastado y una remera de la banda que hacía tiempo guardaba como su ropa de gala, las zapatillas Topper blancas y el pañuelo eran su uniforme obligado. Tiró todo sobre una silla y se fue a dar una ducha, quería estar lo mejor posible.
Se sentó frente al espejo iluminado de la habitación donde tenía todos sus maquillajes y suspiró mientras tomaba el cepillo y se soltaba el pelo dejándolo caer pesadamente. Sobre el espejo adivinaba el rostro de Martín mientras pintaba sus labios y no podía evitar una leve sonrisa que hacía correr accidentalmente el rush de su boca. Cómo no se había fijado antes en él, a veces lo que uno busca lo tiene tan cerca que no lo llega a ver, pensaba mientras sostenía el cepillo con las dos manos sobre su falda.
Tomó las llaves de la casa y unas monedas para el colectivo que encontró en un cajón, no tenía demasiado dinero pero era suficiente para las entradas y algo para tomar, en un papel escribió una nota -voy a salir, vuelvo tarde- la pegó bajo el imán de la heladera y salió a la carrera, ya se estaba haciendo tarde.
En la puerta saludó a sus padres, papá Marcos no aprobaba la salida alegando que era muy jovencita pero mamá Ana la dejó ir como siempre, sabiendo que su hija era ya bastante responsable y confiaba en ella.
Viajaba hacia el punto de encuentro, la esquina sur de la Plaza Miserere, el colectivo ardía de calor y gente, no le importó, iba a un recital, y lo que es mejor, iba con ella.
Papá la atajó en el porch de entrada, la miró y le dijo -te llevo-, ella le sonrió, era su papá preferido y estaba esperando el momento en que le dijera eso.
Se bajó frente a la Plaza cerca del Coto de Once, a dos cuadras del boliche, a cada minuto el corazón se le desbocaba más y más.
El auto iba lento, ella intuyó que papi no quería saber nada de aquélla salida, sonriendo le dijo que no se preocupara, que ella llegaría temprano, él le insistió en pasar a buscarla, pero ella se negó, aludiendo falta de confianza. Acordaron un horario de regreso y la dejó frente a la Estación de Once, a una cuadra del recital.
Cruzó Rivadavia corriendo sin mirar a los lados hasta la Plaza, los bocinazos resonaban en el ambiente pero él sólo escuchaba un nombre que salía de su pecho y sonaba en su cabeza, Silvia.
Atravesó la Plaza hacia el sur, hacia Rivadavia, vió que ya se reunía gente en los alrededores, grupos de muchachos reunidos en corro hablaban o gritaban según el estado de cada uno preparándose para entrar al concierto. Trató de evitarlos pero la seguían con la mirada y le decían una que otra cosa que a ella le pareció ofensiva, de repente tuvo miedo, apuró el paso, casi corrió, hasta que chocó con alguien y casi cae de bruces, pero la sostuvieron por los brazos evitando la caída, era Martín.
La tomó en sus brazos e involuntariamente la apretó contra su pecho, ella se sonrojó tratando de safarse y mirando hacia el piso, él la soltó dándose cuenta de lo que hacía y la miró buscando sus ojos esquivos. Los encontró.
La saludó con un beso en la mejilla y la tomó de la mano sorprendiéndola, ella no estaba acostumbrada a un trato tan directo pero igual se dejó hacer.
Se dirigieron hacia la esquina opuesta, la esquina donde estaban los muchachos que la asustaron, por supuesto al verla pasar acompañada no dijeron nada, ella sonrió para adentro soltando la mano de Martín y amarrándole el brazo, ahora el sorprendido era él.
Doblaron en la esquina y vieron una gran cantidad de gente que pugnaba por entrar, se acomodaron en la fila y esperaron. Silvia estaba visiblemente nerviosa pero segura junto a Martín que no se separaba de ella ni un momento.
La fila avanzaba lentamente, ya se oían los primeros acordes de la banda que llegaban sordos hasta ellos, debían de estar cerca pues la fila se iba engrosando y el cacheo se volvía tedioso. Ya casi estaban en la puerta cuando la música dejo de sonar y sólo se escuchaban los coros de los que querían entrar, pero también, extrañamente, había quien quería salir. Los empujones de la gente los atraparon entre dos paredes de cuerpos sudados, Martín abrazo fuertemente a Silvia y la sacó hasta bajar el cordón de la vereda mas allá de las vallas de contención que de nada servían. No entendía por que sus ojos estaban irritados, quizás sería por el humo que empezaba a salir por los techos encima de las puertas... la gente gritaba y corría.
Cruzó a la otra vereda junto al paredón, Silvia no le soltaba la mano, desde allí podía ver la magnitud de lo que pasaba, las puertas de entrada vomitaban chicos con los rostros negros y desencajados, algunos tosían a más no poder enrojeciendo sus caras y caían al suelo al salir tropezando con otros chicos sin mejor suerte, y lo peor, algunos salían con sus ropas chamuscadas o con sus rostros y espaldas quemadas. Era una tragedia. Martín hizo ademán de cruzarse nuevamente hacia la entrada para socorrer a los que iban saliendo pero Silvia lo tomó fuertemente del brazo, -no lo hagas!- le dijo y lo miró casi suplicándole, él la tomó entre sus brazos y la besó dulcemente en los labios, la tomó de sorpresa, -sabés que tengo que ir- se dió media vuelta y se alejó corriendo mientras escuchaba los gritos de Silvia porque no entre. Una sirena sonaba a lo lejos.
Al llegar a la entrada pudo ver de cerca lo que pasaba, la gente escapaba del espeso humo que se adivinaba sobre los dinteles de las puertas y, un muchacho en cueros se abalanzó cayendo sobre él, el cuerpo transpirado casi se le resbala de las manos, suavemente lo apoyó en el piso, llamó a dos muchachos que estaban a su lado dudando que hacer -llévenlo a la Plaza!- les gritó levantándose y viendo como se lo llevaban, se volteó hacia las puertas, ató su pañuelo en la nuca tapándose la boca, respiró profundamente un par de veces y se hundió en la oscuridad total.
Tanteando la pared fue adentrándose en lo que parecía ser un pasillo angosto, el humo le dificultaba respirar, varias veces fue golpeado por chicos que salían corriendo, se agachó y casi a gatas y avanzó hasta el final donde el pasadizo se abría a un gran playón, abrió los ojos y acostumbró su vista a la penumbra, ojalá no lo hubiera hecho, en el techo ardían pedazos de telas que caían como lenguas de fuego sobre la pista donde algunas personas corrían hacia las salidas... el venía de la única que había... las otras parecían estar cerradas pues la gente se agolpaba en una montaña de cuerpos delante de ellas. Empezó a gritar -por acá, che, salgan por acá- algunos que lo escucharon avisaron a los demás y siguieron su grito hasta él, a los primeros les señaló que siguieran el pasillo y el resto los imitó. Hombres y mujeres, casi todos muchachos de su edad o menos, algunos chicos, frunció el seño cuando vió a una mujer con su bebé que tosía con violencia, paró a un grandote por el brazo -ayudála- le dijo y éste tomó el bebé en brazos y a la mujer por los hombros y desapareció en el corredor.
Se acercó como pudo al centro de la pista, el humo se había disipado por la altura del techo, vió al frente algo parecido a un escenario por sus formas abruptas y detrás de él una extraña escalera que nacía y se bifurcaba en dos secciones que iban a la parte superior del salón, hacia los balcones que asomaban de cada lado. El llanto de un niño llegaba de la parte superior donde el humo era mas espeso. Debería subir a ver, pues nadie bajaba y temía lo peor. Subir. Pensó en que sería peligroso, insensato, no tenía razón para hacerlo... mientras pensaba esto se había tomado del pasamanos y se lanzaba escaleras arriba ganando escalones lo mas rápido posible, antes que el fuego, que se acercaba por los techos, le impida el escape. En el descanso que provocaba el quiebre pudo ver que el fuego se había producido del otro lado de donde él estaba pero avanzaba en su dirección... y velozmente. Tomó el rellano y se guió por el llanto, la oscuridad producida por el humo era total, varias veces tuvo que sostenerse para no caer, tropezaba con cuerpos que al pasar los iba tocando uno a uno, ninguno se movía. Llegó al lugar de los niños, donde el lloriqueo se había transformado en gemido, era lo que parecía el guardarropas, los pequeños estaban amontonados en un rincón tapados con unos trapos. Los tranquilizó, les dijo que los sacaría de allí, les preguntó sus nombres, -Matías, Martín, Cynthia- miró hacia la salida y vió como el fuego avanzaba por donde él había venido, no tenían escape, se le hizo un nudo en la garganta, abrazó a los niños y se puso de espaldas al fuego, primero lo agarraría a él y con suerte ellos se salvarían... o no. Silvia..., pensó en ella en esos últimos momentos, lo feliz que hubieran sido juntos, se consoló pensando que ella estaría bien, lejos del caos, del humo, del fuego... y él lo tenía tan cerca que ya podía sentir el calor, la humareda lo asfixiaba, uno de los niños ya no lloraba, el otro no se movía, trató de gritar pero el miedo lo paralizaba, apretó a los niños con fuerza contra él como dándoles lo que le quedaba de vida... sintió arder la remera, de repente una luz iluminó toda la habitación, el fuego estaba allí, cerró los ojos y esperó lo peor.
El agua como una bendición sobre su espalda fue lo último que sintió antes de desplomarse. Los bomberos habían llegado.
Silvia vió como Martín desaparecía en las puertas del boliche, quedó sola en medio del caos y la confusión, ya había dejado de gritar, emprendió el camino hacia la plaza, la gente corría a su alrededor, algunos solos, otros cargando a quienes no podían caminar, atinó a manotear el celular de su jean, no podía marcar, las manos le temblaban, llamó a su padre, -papá, pasó algo horrible!-
Guardó el teléfono en su bolsillo y comenzó a caminar hacia la plaza, los cuerpos se amontonaban en filas sobre la vereda, chicos y chicas, niños, hombres, viejos, lo que veía le parecía imposible... Una mano le agarró de la muñeca desde el piso -me ayudás?- una muchacha estaba arrodillada sosteniendo la cabeza inconsciente de otra chica, -agarrála de los pies- Silvia de repente se despertó de su shock y agachándose la ayudó.
Trataban de llevar todos los heridos a la plaza donde las ambulancias iban y venían sin cesar, los más chicos eran llevados en patrulleros, autos particulares, lo que fuera que pudiera socorrer en la emergencia. Dejaron a la chica al cuidado de un camillero, la subieron a una ambulancia y la llevaron a quien sabe que hospital. El caos era total. Volvió al frente del lugar, se preguntaba qué estaba haciendo, pero sabía que Martín la necesitaba, sentía que algo andaba mal, en cada cuerpo que era llevado lo veía a él, se le moría sin llegar a conocerlo, comenzó a lloriquear. Un bombero le puso un niño en sus brazos, sorprendida lo miró y casi inmediatamente asintió con la cabeza. El nene parecía dormido, la cabeza colgaba hacia atrás y los brazos a los lados, casi corrió hacia la calle -se me muere, se me muere!- hubiera sido atendida de inmediato con la salvedad que muchos tenían esa condición,
fue hasta la plaza con el niño aún en brazos, miró a su alrededor, no sabía hacia dónde ir... unos brazos le arrebataron al nene, era su papá -vamos que tengo el auto cerca- fue como un oasis escuchar la voz de su padre, lo siguió detrás pero se frenó en seco -Martín!-, no podía dejarlo, el padre le dijo que tenía que ayudarle con el niño y que después volverían, mirando hacia atrás lo siguió.
El lugar aún olía a plástico y madera quemada, gran parte de los cuerpos del salón ya habían sido retirados, montones de zapatillas y remeras se amontonaban contra las salidas de emergencia, los bomberos retiraban cuerpos de las escaleras y los balcones, pobre gente; en lo que parecía ser el guardarropas un muchacho cubría con su cuerpo a unos niños que estaban tirados boca abajo, al voltear al chico encontraron que uno de los nenes estaba vivo, el bombero aviso por radio pidiendo un médico urgente.
La camilla de madera salía con el cuerpo de Martín amarrado con cintas de fuerza, la madrugada ya casi daba paso al alba, las primeras luces mostraban la magnitud de lo ocurrido, era trasladado a una ambulancia con destino a algún hospital de la ciudad, aún estaba con vida.
Durmió sentada en la guardia del hospital donde habían llevado al nene, Silvia no dejaba de pensar en Martín, no se explicaba porqué había hecho esa cosa tan absurda, lo odiaba y a su vez lo quería por eso, pero lo que era peor es que no sabía si estaba vivo. El padre se había ido a la casa a buscar a su madre, ella esperaría allí alguna novedad, del niño y si era posible de Martín, le habían dicho que en cierto lugar había listas de derivación de heridos, en cuanto pudiera saldría a buscar noticias, no pararía hasta dar con él.
Escuchaba voces extrañas, una luz allá a lo lejos lo mantenía en este mundo, y sus ganas de volver a verla eran mucho más fuertes que cualquier herida que tuviera en su cuerpo. Las voces se hacían más claras, la luz más fuerte, el sentido de aferrarse a la vida inmenso... Silvia... de golpe...abrió los ojos.
Se encontró en la mesa de operaciones de algún hospital, le dolía la cabeza y tenía la mente embotada, todos los recuerdos se le vinieron de un solo golpe, se acordó de los chicos, dónde y cómo estarían, esperó que vivos, el olor a quemado seguía en su nariz, le dio asco, miro al techo, quería un cigarrillo, no, por ahora basta de humo, miro alrededor, -quedate tranquilo, es una pavada- escuchó mientras sentía que una mano le palmeaba el hombro, no se tranquilizó, hizo ademán de levantarse, otras manos le impidieron hacerlo, vió como le acercaban algo a la cara... trató de zafarse... los ojos le pesaban... la luz se iba apagando...quedó en una profunda oscuridad.
Pasaron ya tres meses de la tragedia, había pasado el tiempo de las víctimas y ahora era el tiempo de los culpables, era tiempo de los cambios, como siempre después de algún acontecimiento.
Todos los días, después de clases, en el horario de visita, Silvia iba a verlo al hospital, Martín estaba en terapia intensiva, inconsciente desde la operación, los doctores habían dicho que era cuestión de tiempo, que si no despertaba en unos meses podía llegar a ser irreversible, que estaba en manos de Dios...
Ella no se rindió, seguía viéndolo, le hablaba, lo acariciaba, rezaba, lloraba... el cielo debía de escucharla, eran tan jóvenes, casi sin conocerse y perder la oportunidad del amor, eso era perder la vida sin morir.
...Y no rendirse dio sus frutos, cierto día de visita Martín despertó, se puede llamar milagro o lo que tenía que pasar, para Silvia no importaba, ella volvía a sonreír después de tanto tiempo, después de tantas pesadillas y después de tantas lágrimas. El la vió a su lado, le sonrió, ella se tiró a los pies de la cama y lo tomó de la mano, lo miraba con compasión, sus ojos brillaban - siempre estuviste conmigo- le dijo y ella asintiendo rompió a llorar...
Tiempo después, caminando con ella por el barrio le dijo que no sería ya el mismo de antes, la piel de su espalda pese a los esfuerzos de la cirugía no había quedado muy bien, pensó que quizás su relación con ella se iría desgastando día a día, que ella encontraría alguien que pudiera hacerla feliz más de lo que él podía hacerlo, y eso era demasiado, Silvia lo miró, puso la mano en la nuca de él, lo acercó hacia ella -siempre vas a ser mi héroe, tonto- y lo besó apasionadamente.
Martín cumpliría dieciocho años el treinta de Diciembre y lo quería festejar yendo a un recital, justo el jueves tocaban los Callejeros en Cromagnon y era una buena excusa para invitar a la chica que le quitaba el sueño. La conocía del colegio, era dos años menor que él pero iban al mismo curso, Martín había repetido primer año y ahora con mejores notas auguraba un buen año gracias a la presión que le había metido su padre y el reniego a trabajar, se fijó en ella por primera vez en una clase de primeros auxilios, el formaba parte de la brigada contra incendios del colegio, algo de lo que estaba muy orgulloso, aparte de hacerle zafar horas de clase tenía a su padre contenido con alguna ocupación, aunque fuera ésta. Si bien nunca tuvo que actuar se tomaba muy a pecho su tarea, sabía de mangueras, matafuegos y torniquetes. Cierto día después de una agotadora práctica la vio sentada en las escalinatas del gimnasio donde estaba guardando las lanzas, hablaba con unas amigas y se reía, sintió que lo miraba pero no se atrevió a cruzar su mirada, pensó que no era digno, ella, nena de papá y él, juguete del suyo.. en realidad estaba perdidamente enamorado de ella, pero tenía terror a ser rechazado, cuando su madre vivía le había aconsejado -la indiferencia mata, bien usada te puede hacer un ganador o simplemente, te puede matar- y él ya tenía las medidas del cajón tomadas, pero el que espera desespera, y su paciencia se había agotado, hacía tiempo que había tomado la decisión de llamarla pero no encontraba excusa, se la dieron unos amigos que irían al recital, no lo pensó dos veces y la llamó.
Silvia apretó el tubo del teléfono inalámbrico contra su pecho cuando terminó de hablar con Martín, se mordió suavemente el labio inferior, le corría un frío por la espalda que le llegaba hasta la nuca y le erizaba el cabello. Se dejó caer suavemente sobre la cama sin soltar el auricular, su largo pelo formó un abanico sobre la almohada de fino raso y mirando el techo rosado se quedó pensando en él. Hacía tiempo que esperaba que la invitara a salir pero no se daba, quizás por timidez de él o indiferencia de ella seguramente, pero ya estaba hecho y era claro que saldrían juntos.
Se miró al espejo de la pared que le entregaba una triste figura de hombre, se puso en pose heroica, saco pecho, levanto el brazo apretando el puño y luciendo sus bíceps, -a quien quiero engañar?- la imagen del espejo que se había formado en su mente explotó en mil pedazos. Sacó sus mejores prendas del armario, un jean gastado y una remera de la banda que hacía tiempo guardaba como su ropa de gala, las zapatillas Topper blancas y el pañuelo eran su uniforme obligado. Tiró todo sobre una silla y se fue a dar una ducha, quería estar lo mejor posible.
Se sentó frente al espejo iluminado de la habitación donde tenía todos sus maquillajes y suspiró mientras tomaba el cepillo y se soltaba el pelo dejándolo caer pesadamente. Sobre el espejo adivinaba el rostro de Martín mientras pintaba sus labios y no podía evitar una leve sonrisa que hacía correr accidentalmente el rush de su boca. Cómo no se había fijado antes en él, a veces lo que uno busca lo tiene tan cerca que no lo llega a ver, pensaba mientras sostenía el cepillo con las dos manos sobre su falda.
Tomó las llaves de la casa y unas monedas para el colectivo que encontró en un cajón, no tenía demasiado dinero pero era suficiente para las entradas y algo para tomar, en un papel escribió una nota -voy a salir, vuelvo tarde- la pegó bajo el imán de la heladera y salió a la carrera, ya se estaba haciendo tarde.
En la puerta saludó a sus padres, papá Marcos no aprobaba la salida alegando que era muy jovencita pero mamá Ana la dejó ir como siempre, sabiendo que su hija era ya bastante responsable y confiaba en ella.
Viajaba hacia el punto de encuentro, la esquina sur de la Plaza Miserere, el colectivo ardía de calor y gente, no le importó, iba a un recital, y lo que es mejor, iba con ella.
Papá la atajó en el porch de entrada, la miró y le dijo -te llevo-, ella le sonrió, era su papá preferido y estaba esperando el momento en que le dijera eso.
Se bajó frente a la Plaza cerca del Coto de Once, a dos cuadras del boliche, a cada minuto el corazón se le desbocaba más y más.
El auto iba lento, ella intuyó que papi no quería saber nada de aquélla salida, sonriendo le dijo que no se preocupara, que ella llegaría temprano, él le insistió en pasar a buscarla, pero ella se negó, aludiendo falta de confianza. Acordaron un horario de regreso y la dejó frente a la Estación de Once, a una cuadra del recital.
Cruzó Rivadavia corriendo sin mirar a los lados hasta la Plaza, los bocinazos resonaban en el ambiente pero él sólo escuchaba un nombre que salía de su pecho y sonaba en su cabeza, Silvia.
Atravesó la Plaza hacia el sur, hacia Rivadavia, vió que ya se reunía gente en los alrededores, grupos de muchachos reunidos en corro hablaban o gritaban según el estado de cada uno preparándose para entrar al concierto. Trató de evitarlos pero la seguían con la mirada y le decían una que otra cosa que a ella le pareció ofensiva, de repente tuvo miedo, apuró el paso, casi corrió, hasta que chocó con alguien y casi cae de bruces, pero la sostuvieron por los brazos evitando la caída, era Martín.
La tomó en sus brazos e involuntariamente la apretó contra su pecho, ella se sonrojó tratando de safarse y mirando hacia el piso, él la soltó dándose cuenta de lo que hacía y la miró buscando sus ojos esquivos. Los encontró.
La saludó con un beso en la mejilla y la tomó de la mano sorprendiéndola, ella no estaba acostumbrada a un trato tan directo pero igual se dejó hacer.
Se dirigieron hacia la esquina opuesta, la esquina donde estaban los muchachos que la asustaron, por supuesto al verla pasar acompañada no dijeron nada, ella sonrió para adentro soltando la mano de Martín y amarrándole el brazo, ahora el sorprendido era él.
Doblaron en la esquina y vieron una gran cantidad de gente que pugnaba por entrar, se acomodaron en la fila y esperaron. Silvia estaba visiblemente nerviosa pero segura junto a Martín que no se separaba de ella ni un momento.
La fila avanzaba lentamente, ya se oían los primeros acordes de la banda que llegaban sordos hasta ellos, debían de estar cerca pues la fila se iba engrosando y el cacheo se volvía tedioso. Ya casi estaban en la puerta cuando la música dejo de sonar y sólo se escuchaban los coros de los que querían entrar, pero también, extrañamente, había quien quería salir. Los empujones de la gente los atraparon entre dos paredes de cuerpos sudados, Martín abrazo fuertemente a Silvia y la sacó hasta bajar el cordón de la vereda mas allá de las vallas de contención que de nada servían. No entendía por que sus ojos estaban irritados, quizás sería por el humo que empezaba a salir por los techos encima de las puertas... la gente gritaba y corría.
Cruzó a la otra vereda junto al paredón, Silvia no le soltaba la mano, desde allí podía ver la magnitud de lo que pasaba, las puertas de entrada vomitaban chicos con los rostros negros y desencajados, algunos tosían a más no poder enrojeciendo sus caras y caían al suelo al salir tropezando con otros chicos sin mejor suerte, y lo peor, algunos salían con sus ropas chamuscadas o con sus rostros y espaldas quemadas. Era una tragedia. Martín hizo ademán de cruzarse nuevamente hacia la entrada para socorrer a los que iban saliendo pero Silvia lo tomó fuertemente del brazo, -no lo hagas!- le dijo y lo miró casi suplicándole, él la tomó entre sus brazos y la besó dulcemente en los labios, la tomó de sorpresa, -sabés que tengo que ir- se dió media vuelta y se alejó corriendo mientras escuchaba los gritos de Silvia porque no entre. Una sirena sonaba a lo lejos.
Al llegar a la entrada pudo ver de cerca lo que pasaba, la gente escapaba del espeso humo que se adivinaba sobre los dinteles de las puertas y, un muchacho en cueros se abalanzó cayendo sobre él, el cuerpo transpirado casi se le resbala de las manos, suavemente lo apoyó en el piso, llamó a dos muchachos que estaban a su lado dudando que hacer -llévenlo a la Plaza!- les gritó levantándose y viendo como se lo llevaban, se volteó hacia las puertas, ató su pañuelo en la nuca tapándose la boca, respiró profundamente un par de veces y se hundió en la oscuridad total.
Tanteando la pared fue adentrándose en lo que parecía ser un pasillo angosto, el humo le dificultaba respirar, varias veces fue golpeado por chicos que salían corriendo, se agachó y casi a gatas y avanzó hasta el final donde el pasadizo se abría a un gran playón, abrió los ojos y acostumbró su vista a la penumbra, ojalá no lo hubiera hecho, en el techo ardían pedazos de telas que caían como lenguas de fuego sobre la pista donde algunas personas corrían hacia las salidas... el venía de la única que había... las otras parecían estar cerradas pues la gente se agolpaba en una montaña de cuerpos delante de ellas. Empezó a gritar -por acá, che, salgan por acá- algunos que lo escucharon avisaron a los demás y siguieron su grito hasta él, a los primeros les señaló que siguieran el pasillo y el resto los imitó. Hombres y mujeres, casi todos muchachos de su edad o menos, algunos chicos, frunció el seño cuando vió a una mujer con su bebé que tosía con violencia, paró a un grandote por el brazo -ayudála- le dijo y éste tomó el bebé en brazos y a la mujer por los hombros y desapareció en el corredor.
Se acercó como pudo al centro de la pista, el humo se había disipado por la altura del techo, vió al frente algo parecido a un escenario por sus formas abruptas y detrás de él una extraña escalera que nacía y se bifurcaba en dos secciones que iban a la parte superior del salón, hacia los balcones que asomaban de cada lado. El llanto de un niño llegaba de la parte superior donde el humo era mas espeso. Debería subir a ver, pues nadie bajaba y temía lo peor. Subir. Pensó en que sería peligroso, insensato, no tenía razón para hacerlo... mientras pensaba esto se había tomado del pasamanos y se lanzaba escaleras arriba ganando escalones lo mas rápido posible, antes que el fuego, que se acercaba por los techos, le impida el escape. En el descanso que provocaba el quiebre pudo ver que el fuego se había producido del otro lado de donde él estaba pero avanzaba en su dirección... y velozmente. Tomó el rellano y se guió por el llanto, la oscuridad producida por el humo era total, varias veces tuvo que sostenerse para no caer, tropezaba con cuerpos que al pasar los iba tocando uno a uno, ninguno se movía. Llegó al lugar de los niños, donde el lloriqueo se había transformado en gemido, era lo que parecía el guardarropas, los pequeños estaban amontonados en un rincón tapados con unos trapos. Los tranquilizó, les dijo que los sacaría de allí, les preguntó sus nombres, -Matías, Martín, Cynthia- miró hacia la salida y vió como el fuego avanzaba por donde él había venido, no tenían escape, se le hizo un nudo en la garganta, abrazó a los niños y se puso de espaldas al fuego, primero lo agarraría a él y con suerte ellos se salvarían... o no. Silvia..., pensó en ella en esos últimos momentos, lo feliz que hubieran sido juntos, se consoló pensando que ella estaría bien, lejos del caos, del humo, del fuego... y él lo tenía tan cerca que ya podía sentir el calor, la humareda lo asfixiaba, uno de los niños ya no lloraba, el otro no se movía, trató de gritar pero el miedo lo paralizaba, apretó a los niños con fuerza contra él como dándoles lo que le quedaba de vida... sintió arder la remera, de repente una luz iluminó toda la habitación, el fuego estaba allí, cerró los ojos y esperó lo peor.
El agua como una bendición sobre su espalda fue lo último que sintió antes de desplomarse. Los bomberos habían llegado.
Silvia vió como Martín desaparecía en las puertas del boliche, quedó sola en medio del caos y la confusión, ya había dejado de gritar, emprendió el camino hacia la plaza, la gente corría a su alrededor, algunos solos, otros cargando a quienes no podían caminar, atinó a manotear el celular de su jean, no podía marcar, las manos le temblaban, llamó a su padre, -papá, pasó algo horrible!-
Guardó el teléfono en su bolsillo y comenzó a caminar hacia la plaza, los cuerpos se amontonaban en filas sobre la vereda, chicos y chicas, niños, hombres, viejos, lo que veía le parecía imposible... Una mano le agarró de la muñeca desde el piso -me ayudás?- una muchacha estaba arrodillada sosteniendo la cabeza inconsciente de otra chica, -agarrála de los pies- Silvia de repente se despertó de su shock y agachándose la ayudó.
Trataban de llevar todos los heridos a la plaza donde las ambulancias iban y venían sin cesar, los más chicos eran llevados en patrulleros, autos particulares, lo que fuera que pudiera socorrer en la emergencia. Dejaron a la chica al cuidado de un camillero, la subieron a una ambulancia y la llevaron a quien sabe que hospital. El caos era total. Volvió al frente del lugar, se preguntaba qué estaba haciendo, pero sabía que Martín la necesitaba, sentía que algo andaba mal, en cada cuerpo que era llevado lo veía a él, se le moría sin llegar a conocerlo, comenzó a lloriquear. Un bombero le puso un niño en sus brazos, sorprendida lo miró y casi inmediatamente asintió con la cabeza. El nene parecía dormido, la cabeza colgaba hacia atrás y los brazos a los lados, casi corrió hacia la calle -se me muere, se me muere!- hubiera sido atendida de inmediato con la salvedad que muchos tenían esa condición,
fue hasta la plaza con el niño aún en brazos, miró a su alrededor, no sabía hacia dónde ir... unos brazos le arrebataron al nene, era su papá -vamos que tengo el auto cerca- fue como un oasis escuchar la voz de su padre, lo siguió detrás pero se frenó en seco -Martín!-, no podía dejarlo, el padre le dijo que tenía que ayudarle con el niño y que después volverían, mirando hacia atrás lo siguió.
El lugar aún olía a plástico y madera quemada, gran parte de los cuerpos del salón ya habían sido retirados, montones de zapatillas y remeras se amontonaban contra las salidas de emergencia, los bomberos retiraban cuerpos de las escaleras y los balcones, pobre gente; en lo que parecía ser el guardarropas un muchacho cubría con su cuerpo a unos niños que estaban tirados boca abajo, al voltear al chico encontraron que uno de los nenes estaba vivo, el bombero aviso por radio pidiendo un médico urgente.
La camilla de madera salía con el cuerpo de Martín amarrado con cintas de fuerza, la madrugada ya casi daba paso al alba, las primeras luces mostraban la magnitud de lo ocurrido, era trasladado a una ambulancia con destino a algún hospital de la ciudad, aún estaba con vida.
Durmió sentada en la guardia del hospital donde habían llevado al nene, Silvia no dejaba de pensar en Martín, no se explicaba porqué había hecho esa cosa tan absurda, lo odiaba y a su vez lo quería por eso, pero lo que era peor es que no sabía si estaba vivo. El padre se había ido a la casa a buscar a su madre, ella esperaría allí alguna novedad, del niño y si era posible de Martín, le habían dicho que en cierto lugar había listas de derivación de heridos, en cuanto pudiera saldría a buscar noticias, no pararía hasta dar con él.
Escuchaba voces extrañas, una luz allá a lo lejos lo mantenía en este mundo, y sus ganas de volver a verla eran mucho más fuertes que cualquier herida que tuviera en su cuerpo. Las voces se hacían más claras, la luz más fuerte, el sentido de aferrarse a la vida inmenso... Silvia... de golpe...abrió los ojos.
Se encontró en la mesa de operaciones de algún hospital, le dolía la cabeza y tenía la mente embotada, todos los recuerdos se le vinieron de un solo golpe, se acordó de los chicos, dónde y cómo estarían, esperó que vivos, el olor a quemado seguía en su nariz, le dio asco, miro al techo, quería un cigarrillo, no, por ahora basta de humo, miro alrededor, -quedate tranquilo, es una pavada- escuchó mientras sentía que una mano le palmeaba el hombro, no se tranquilizó, hizo ademán de levantarse, otras manos le impidieron hacerlo, vió como le acercaban algo a la cara... trató de zafarse... los ojos le pesaban... la luz se iba apagando...quedó en una profunda oscuridad.
Pasaron ya tres meses de la tragedia, había pasado el tiempo de las víctimas y ahora era el tiempo de los culpables, era tiempo de los cambios, como siempre después de algún acontecimiento.
Todos los días, después de clases, en el horario de visita, Silvia iba a verlo al hospital, Martín estaba en terapia intensiva, inconsciente desde la operación, los doctores habían dicho que era cuestión de tiempo, que si no despertaba en unos meses podía llegar a ser irreversible, que estaba en manos de Dios...
Ella no se rindió, seguía viéndolo, le hablaba, lo acariciaba, rezaba, lloraba... el cielo debía de escucharla, eran tan jóvenes, casi sin conocerse y perder la oportunidad del amor, eso era perder la vida sin morir.
...Y no rendirse dio sus frutos, cierto día de visita Martín despertó, se puede llamar milagro o lo que tenía que pasar, para Silvia no importaba, ella volvía a sonreír después de tanto tiempo, después de tantas pesadillas y después de tantas lágrimas. El la vió a su lado, le sonrió, ella se tiró a los pies de la cama y lo tomó de la mano, lo miraba con compasión, sus ojos brillaban - siempre estuviste conmigo- le dijo y ella asintiendo rompió a llorar...
Tiempo después, caminando con ella por el barrio le dijo que no sería ya el mismo de antes, la piel de su espalda pese a los esfuerzos de la cirugía no había quedado muy bien, pensó que quizás su relación con ella se iría desgastando día a día, que ella encontraría alguien que pudiera hacerla feliz más de lo que él podía hacerlo, y eso era demasiado, Silvia lo miró, puso la mano en la nuca de él, lo acercó hacia ella -siempre vas a ser mi héroe, tonto- y lo besó apasionadamente.
viernes, 3 de abril de 2009
Enterrada Viva
La Luna con su pálida luz iluminaba las estatuas de mármol otorgándoles una extraña esencia y un aire fantasmal; sobre una tumba rematada por un ángel, una extraña figura acariciaba la fría piedra que servía de gélido abrigo a su ocupante.
-¿Que se siente amigo mío?, el estar en una prisión de mármol, el que solo sientas las caricias de los gusanos, el silencio perpetuo… Dime una cosa: ¿Para qué quieres eternidad, ser inmortal, vivir para siempre?... Cosa que todos buscamos… pero mírame ahora, mira en lo que me he convertido, una sombra de lo que era, un espectro…
Te envidio amigo mío…
Después de un largo roce con su mano en la piedra la figura se pone de pie.
-Ahora debo dejarte amigo mío, debo partir, debo buscarla, debo mostrarle todo lo que me has enseñado… tantas cosas… debo hacerle entender, debe saber que no es locura, que es otra cosa, una cosa aun mas simple, aun mas egoísta, aun mas viva…
Camina unos pasos hacia la entrada de una cripta en cuya cúpula se encuentra una gárgola petrificada.
-La traeré aquí amigo mío, donde podrás verla y la encerraré en ésta cripta y yo con ella, trabaré las salidas y la sentaré sobre ése ataúd y le contaré todas las historias que tú me contaste, amigo mío, y comprenderá, le sangraran los oídos de oír tantas pero al final comprenderá lo que solo tú y yo sabemos… al final ella nos comprenderá…
La triste figura la sentó en el ataúd que estaba en el piso y tomándole del mentón delicadamente le hizo levantar la vista, y sin mediar mas comenzó a contar sus historias, una, diez, cien, acababa una y comenzaba otra, cada vez mas larga, mas triste, mas oscura… no se detenía, ella lo miraba maravillada, sin aliento llevada de aquí para allá por la vorágine de lo que escuchaba… El interpretaba cada personaje de las historias que le contaba, cada palabra que pronunciaba no era en vano, cada palabra era necesaria de la anterior y así tejía en el interior de la cripta una tras otra las más hermosas historias que oídos hubieran podido escuchar.
Y así siguió día y noche con ella escuchándolo atentamente con la boca abierta de asombro o los labios apretados de miedo o los ojos entrecerrados de pasión…
Hasta que una noche se vio el mismo sentado en el ataúd escuchándose atentamente extasiado por las historias que él mismo contaba y que le había enseñado el desgraciado que yacía en la tumba de afuera, aquel amigo que no era más que él mismo en huesos y harapos…
De pronto se detuvo al terminar la última historia, se miró sentado en el ataúd donde estaba la mujer que ya había desaparecido hacía largo tiempo y se llevó una huesuda mano a la cara… y lloró, lloró desconsoladamente mucho tiempo, pero ninguna lágrima cayó de su cuenca vacía.
¡Ja!, como si los muertos pudieran llorar.
-¿Que se siente amigo mío?, el estar en una prisión de mármol, el que solo sientas las caricias de los gusanos, el silencio perpetuo… Dime una cosa: ¿Para qué quieres eternidad, ser inmortal, vivir para siempre?... Cosa que todos buscamos… pero mírame ahora, mira en lo que me he convertido, una sombra de lo que era, un espectro…
Te envidio amigo mío…
Después de un largo roce con su mano en la piedra la figura se pone de pie.
-Ahora debo dejarte amigo mío, debo partir, debo buscarla, debo mostrarle todo lo que me has enseñado… tantas cosas… debo hacerle entender, debe saber que no es locura, que es otra cosa, una cosa aun mas simple, aun mas egoísta, aun mas viva…
Camina unos pasos hacia la entrada de una cripta en cuya cúpula se encuentra una gárgola petrificada.
-La traeré aquí amigo mío, donde podrás verla y la encerraré en ésta cripta y yo con ella, trabaré las salidas y la sentaré sobre ése ataúd y le contaré todas las historias que tú me contaste, amigo mío, y comprenderá, le sangraran los oídos de oír tantas pero al final comprenderá lo que solo tú y yo sabemos… al final ella nos comprenderá…
La triste figura la sentó en el ataúd que estaba en el piso y tomándole del mentón delicadamente le hizo levantar la vista, y sin mediar mas comenzó a contar sus historias, una, diez, cien, acababa una y comenzaba otra, cada vez mas larga, mas triste, mas oscura… no se detenía, ella lo miraba maravillada, sin aliento llevada de aquí para allá por la vorágine de lo que escuchaba… El interpretaba cada personaje de las historias que le contaba, cada palabra que pronunciaba no era en vano, cada palabra era necesaria de la anterior y así tejía en el interior de la cripta una tras otra las más hermosas historias que oídos hubieran podido escuchar.
Y así siguió día y noche con ella escuchándolo atentamente con la boca abierta de asombro o los labios apretados de miedo o los ojos entrecerrados de pasión…
Hasta que una noche se vio el mismo sentado en el ataúd escuchándose atentamente extasiado por las historias que él mismo contaba y que le había enseñado el desgraciado que yacía en la tumba de afuera, aquel amigo que no era más que él mismo en huesos y harapos…
De pronto se detuvo al terminar la última historia, se miró sentado en el ataúd donde estaba la mujer que ya había desaparecido hacía largo tiempo y se llevó una huesuda mano a la cara… y lloró, lloró desconsoladamente mucho tiempo, pero ninguna lágrima cayó de su cuenca vacía.
¡Ja!, como si los muertos pudieran llorar.
jueves, 2 de abril de 2009
Pide un Deseo
"Ahora que me dispongo a dormir
ruego a Dios cuide mi alma,
y si muero antes de despertar
le suplico a Dios que se la lleve".
Tomás se despertó sobre la hierba aturdido y temblando, con las mejillas empapadas por el rocío que se había formado en el pasto que le servía de almohada. Sintió frío, se acurrucó sobre él mismo y trató de arroparse con unas mantas que no encontró. -Dónde estoy?-.
-Mamá-. Se refregó los ojos con las dos manitas al mismo tiempo y con un largo bostezo se desperezó estirando los brazos con los puños cerrados hacia el cielo y arqueando el cuerpo hacia un lado, mientras abría los ojos y abandonaba el sopor de la noche miró alrededor suyo. Lo que vio le pareció mágico, era como un jardín, no, más bien era como un bosque en invierno, nevado en las copas de los pinos como los que mamá armaba para navidad con algodón, el suelo estaba salpicado de pequeños espejos de nieve semejando huellas de gigantes, pensó en su oso de felpa blanco que lo acompañaba en las noches después que su madre le leía un cuento y lo arropaba para dormir, extrañó el beso de las buenas noches.
Se desplomó de espaldas al cielo contemplando los pájaros que volaban en círculos gorjeando sus trinos al cielo azul que ya le iba ganando la batalla a la noche. –Alguna vez volaré como los pájaros, mamá me va a enseñar- pensó.
Las risas de unos niños lo sacaron de su letargo, se sentó en el pasto que ya empezaba a secarse y vio como corrían hacia un claro del bosque. De a poco comenzaba a comprender qué era lo que hacia allí, se puso de pie sacudiéndose primero la hierba del pantalón como quien se saca chocolate de las manos, no golpeándose sino frotándose hacia abajo, se plancho la camisa de la misma forma y se acomodó el cuello él solito,-Mamá, me arreglo el cuello solito- dijo en voz alta y se enderezó el moñito de alitas que le ceñía el cuello. Debo darme prisa-, dijo, y comenzó a caminar hacia las grandes puertas del castillo.
Las antiguas y amenazantes puertas dobles de madera del castillo estaban cerradas, flanqueadas por dos enormes osos polares blancos de pelaje brillante y de postura gallarda armados con dos lanzas de pino y parados sobre las patas traseras, los niños entraban en tropel por una pequeña portezuela practicada al pie de la Gran Puerta Derecha, -despacio niños, entren de a uno y despacio, por el gran Abeto!- les decía una lechuza de pelo cano, lentes y muchos años encima que se encontraba apostada contra la Gran Puerta Izquierda–no sean atolondrados que hay para todos!- el oso polar blanco que se encontraba a la izquierda le preguntó a la Lechuza que trataba de ordenar la entrada, que por qué no habrían las Grandes Puertas –ojalá nunca sean tantos que tengamos que hacerlo hijo- fue todo lo que recibió como respuesta de parte de la Lechuza, el oso bajando la cabeza comprendió al instante.
La fila de niños se iba formando ante un atril inmenso de madera oscura y miles de años, Tomás se acomodo ordenado por un gato que amablemente le dio una tablita de madera que contenía un numero grabado a fuego, era el numero quince, tenía delante una niña rubia de pelo rizado que no dejaba de parlotear y detrás un niño fortachón que aparentaba de más edad de la que en realidad tenía. La niña le dijo que se llamaba Tina, que venía del cumpleaños de una vecina pero que lamentaba haberse perdido la torta y los globos y el show del payaso y los juegos de muñecas y la bolsita sorpresa y los… -ya cállate!- la silenció el fortachón y dándole la mano a Tomás se presentó –me llamo Raúl, pero todos me dicen Tito, puedes llamarme así si lo deseas-. –Tomás- dijo él –y mi mamá me llama Tomy, pero con Tomás estará bien- sólo su madre lo llamaba así y era un trino de pájaros escucharlo en los labios de ella y no dejaría que nadie blasfemara aquél recuerdo. -Yo pediré la colección completa de los Action Troopers, supérame en eso, vamos, dime qué pedirás?- le preguntó Tito, a lo que Tomás iba a responder pero Tina lo sujetó del hombro –no le cuentes, es un secreto de cada uno y no debes contárselo a nadie, salvo cuando te toque el turno!- los recuerdos le iban llegando de a poco acerca de las reglas del Castillo y entre telarañas se iban abriendo paso hasta la parte mas superficial de su memoria. –Lo siento, ahora lo recuerdo, sólo ante el Gran Conejo!- Catorce!- -Es tu turno Tina, suerte!- Tina le dio un beso a Tomás en la mejilla y otro a su tablita de madera, tocó la mano de Tito y dándose vuelta se encaminó al Gran Atril de Algarrobo.
Desde donde estaban podían ver a Tina pero no escucharla, Tito se preguntaba que pediría, -seguro alguna muñequita con su vestidito rosadito- dijo con voz burlona mientras empujaba a Tomás hacia adelante tratando de oír, vieron como un gracioso pero educado chimpancé tomaba de la mano a Tina y se la llevaba hacia un lado del Gran Atril, ella dando vuelta la mitad del cuerpo hacia atrás los saludó con la mano hasta casi perderse entre los otros niños que ya habían pasado por el Gran Atril. –Quince!- Tomás no tuvo tiempo de preguntarle nada a Tito, -es tu turno, a que esperas?, anda vamos!- Tomás aferró su tablita con ambas manos y dio unos pasos mientras volteaba la cabeza y veía a Tito cada vez más lejos que con el puño cerrado y un pulgar arriba le daba ánimo, acarició el relieve del número quemado y luego de dar otros pasos llegó al pie del Gran Atril.
-Puedes subir a la escalerita?- le dijo una anciana voz desde lo alto –sí, lo siento- dijo él mirando el escalón y trepando uno a uno los tres que formaban la escalerita hasta una plataforma, mientras subía vio lo que parecían ser un par de puntiagudas orejas grisáceas que iban creciendo a medida que el ascendía hasta descubrir la cabeza de un gran conejo que parecía tener la edad de todos los animales del Gran Castillo juntos. –Hola Tomás, te hemos estado esperando- le dijo con una voz cavernosa que asustó a Tomás en un primer momento pero que luego fue menguando hasta convertirse en casi la misma voz que su abuelo, los pequeños ojos del conejo lo miraban detrás de unos lentes redondos, sobre una espesa barba, -Dime tu deseo, hijo-. El Gran Conejo bajo la vista a un libro de hojas arrugadas y amarillentas, y con una larga pluma de gallo se preparó a anotar el deseo de Tomás. -Quiero la Felicidad, la Felicidad de mi madre!-
El Castillo entero calló en un silencio sepulcral, solo roto por el crepitar del fuego en las velas avivadas por el viento que se colaba por las rendijas de las ventanas, Tito se golpeo la frente con la palma de la mano en señal de desaprobación. El Gran Conejo, se tomó de los lados del atril en un esfuerzo por levantarse, dos gorilas se acercaron prestos a ayudarlo, -el Maestro quiere ponerse de pie!- susurro un topo –que ha pedido el niño?- preguntó un puma sin poder creer lo que había escuchado momentos antes, -quiere la Felicidad, la Felicidad que ha perdido su madre! Puedes creerlo?- le contestó un orangután llevándose la mano a la cabeza –No, eso es imposible!- balbuceó un gato siamés viendo como el Gran Conejo se ponía de pie.
-Muchacho, puedes pedir lo que quieras, el juguete que quieras, la fiesta que quieras, aquí concedemos tu deseo más profundo, aquí te daremos lo que más deseas en la vida…vamos, dime que juguete quieres….-
-Solo quiero la Felicidad de mi mamá- dijo casi sollozando, -estás completamente seguro?- le preguntó, –aquí cumplen todos los deseos, no?-interrogó Tomás secándose las lágrimas que ya comenzaban a asomar con la manga de su camisa, -así es- le contestó el Maestro, -entonces es lo que quiero-.
El Gran Conejo casi se dejó caer en la alta silla amortiguado por los dos gorilas que velaban por su seguridad, pasó su mano por su tupida barba, meneó la cabeza, y con un gesto llamo a uno de los gorilas –ve a buscar a Leonardo-.
La multitud se había agolpado detrás del Gran Atril, una inmensa diversidad de animales casi humanos y una gran cantidad de niños eran testigos de los acontecimientos del milenario castillo. Luego de unos minutos la muchedumbre se abrió de atrás hacia adelante como el mar se divide al paso de un barco, Tomás vio que sobresalía una larga melena color caramelo de las cabezas de entre los animales más altos, al paso de la enorme figura todos se iban haciendo a un lado, de pronto apareció en el semicírculo que se había formado alrededor del Gran Atril como un gladiador que entra en la arena con la mirada clavada en el conejo. -Debes tener problemas viejo conejo!- el Gran Conejo interpuso el brazo ante uno de los gorilas que casi se abalanzaba sobre el recién llegado, -y muy grandes Leonardo!- Leonardo emitió un rugido desafiante por lo bajo en dirección al gorila, su instinto de león aun ardía dentro de él a pesar de los años, al notar que tenía su atención el Gran Conejo le habló a Tomás –muchacho, él es Leonardo, un valiente León– a Leonardo se le infló el pecho como un globo- y él te llevará a hasta lo que buscas-. –Así es niño, no hay animal mejor que yo para buscar algo en el Gran Castillo- y dirigiéndose al conejo dijo,- y dime Viejo Maestro, qué quiere el niño que me has ido a buscar?-. El Gran Conejo lo miró desde el Atril con los ojos fieros y casi saboreando su momento de gloria ante el viejo león –simplemente, la Felicidad-, el León retrocedió y tragando saliva dijo –pero eso es imposible, cómo pides semejante cosa?!- Todas las miradas se centraron en Tomás que ya se había bajado de la escalerita y estaba delante del león – Yo Señor León, yo lo he pedido para mi madre- aún tenía los ojos colorados y las manitas juntas apretaban la tablita de madera. Leonardo dirigiéndose al conejo pero sin sacar la vista de Tomás y señalándolo dijo – por qué no le das un juguete como a todos!- el conejo pidiéndole que se acerque al atril le dijo –Leonardo, sabes que en los más de trescientos años que estoy al frente del Gran Castillo jamás he dejado un deseo sin conceder y no empezaré ahora en el final de mis días, así que guárdate tu orgullo y demuéstranos que sigues siendo lo que alguna vez fuiste!- Leonardo apretó toda su bronca en un puño, la hizo un paquetito y se la guardó en el bolsillo, -sabes que no seré ingrato- le terminó de decir el Gran Conejo, Leonardo bajó la cabeza en señal de saludo pero sin quitarle la vista y dándose media vuelta echo a andar por donde había venido, al dar una docena de pasos se lo escuchó decir sin voltearse, -vamos muchacho que no tenemos toda la vida y debemos encontrar tu “juguete”- Tomás lo siguió raudamente mientras de fondo se escuchaba –Dieciséis!-.
Tomaron por un ancho pasillo custodiado por estatuas de viejos animales en poses heroicas y seniles, el olor a incienso y rosas inundaba todo el corredor, a Tomás le hizo picar la nariz que al rascarse le hizo cerrar los ojos que involuntariamente le hizo chocarse contra el león que se había detenido ante una de las puertas del largo corredor –perdón Señor león- le dijo encogiéndose, el león le regaló una mirada seria que hizo retroceder unos pasos a Tomás, pero de inmediato le señaló el cartelito de bronce que estaba amurado en la parte superior del marco de la puerta, -comenzaremos la búsqueda por aquí- le dijo mientras tiraba del pomo de la puerta hacia adentro haciéndolo girar hasta escuchar un chasquido que al producirse la abrió de par en par. –“Amor”- dijo Tomás leyendo el cartelito mientras entraba detrás del león. Acostumbraron los ojos a la penumbra, unas viejas velas iluminaban tristes figuras que se adivinaban en sombras en las paredes laterales, el león le hizo un gesto a Tomás de que se quedara quieto mientras él avanzaba en dirección a una oscura sombra que parecía dormitar sentado a una mesa de bar. –Saludos triste figura- la sombra elevó el rostro dejando ver un semblante pálido y frágil, una mueca se dibujó y una mano hizo un ademán señalando una silla y empuñando un vaso de vidrio a medio llenar dijo –bebe conmigo- las palabras sonaron en un susurro que Leonardo no pudo casi oír, -estoy buscando algo… algo que quizás tú sepas dónde esté- le dijo Leonardo con voz calmada pero segura, -sé lo que buscas, muchos han venido aquí buscando lo mismo, pero solo se han ido con las manos vacías y otros se han quedado aquí a desangrar sus corazones y ahogar sus penas con lo único que han encontrado- bajó la vista hacia el vaso que temblorosamente bajaba de sus labios más vacío que antes –no encontrarás la Felicidad en el Amor, en él sólo hay tristeza y amargura, egoísmo e interés, soledad y sumisión, bajó la cabeza del todo hasta casi darla con el borde de la mesa e inmediatamente con un grito la levantó y con sus ojos inyectados en sangre sentenció –malditos somos los que alguna vez amamos, los que alguna vez confiamos en el amor, amor como el que tú crees es solo una sarta de mentiras- apoyándose en la mesa comenzaba a ponerse de pie tambaleándose, las otras figuras oscuras iban apareciendo detrás de el, Leonardo retrocedió hasta donde estaba Tomás, el niño se escondió detrás de él lleno de temor –un egoísmo tal capaz de desafiar a la misma naturaleza, nunca caigas en las redes del amor… nunca caigas…- Leonardo cerró la puerta tras de si tratando de hacer oídos sordos a las palabras que salían a borbotones de la boca del borracho y soltando una maldición dijo- malditos ebrios…!- miró a Tomás y tomándolo de la mano le susurró,- vamos muchacho, definitivamente no esta aquí lo que buscas-.
Se detuvieron delante de otra puerta que era un calco de la anterior salvo por el cartelito que colgaba en el dintel superior que decía “Fortuna”, al abrir la puerta los recibió un hombre rechoncho y rozagante de bigote prolijo y pelo engominado, tenía una bata de seda bordó con una inscripción dorada en el bolsillito superior que Leonardo no pudo distinguir qué era y unas pantuflas a cuadritos azules y rojos, -pero pasen y sean bienvenidos a nuestra humilde casa!-, unas personas estaban reunidas frente a una chimenea y tenían algunas una copa de coñac y otras unas largas pipas que despedían un humo plomizo que daba a la sala un aspecto sombrío y la luz dibujaba caprichosas formas entre las nubes. –Estamos buscando…- empezó Leonardo-, -lo sabemos, sabemos que buscan- Tomás se adelantó y tomando de la mano al señor le dijo casi en una súplica –entonces podrán ayudarme!- el hombre con una sonrisa franca y pasándole la mano por la cabeza a Tomás le devolvió –no muchacho, desgraciadamente no podemos ayudarte, la mayor parte de nosotros pasó su vida entera amasando fortunas tratando de encontrar lo que tú buscas… la Felicidad…- miró el suelo, en ese momento como un relámpago pasaron miles de recuerdos por la calva y engominada cabeza del hombre- no, definitivamente no podemos ayudarte… pero podemos hacerte una proposición- cuando levantó la cabeza sonreía de oreja a oreja, -cuando encuentres la Felicidad ven con nosotros que te la compraremos, te haremos una oferta por ella que no podrás rechazar, -mirando ahora al león y señalándolo le dijo –le pagaremos muy bien!-.
El pasillo antes de la última puerta tenía un escalón donde Leonardo y Tomás se habían sentado desalentados, -sabes niño, yo tenía un hijo como de tu edad, era mi cachorro, mi luz, mi vida,- el león no miraba a Tomás que sí lo escuchaba atentamente, sino que miraba al vacío, a un punto distante del largo pasillo, -la vida me lo arrebató sabes, tan joven, tan lleno de energía, no pudo cumplir su último deseo como tú, y tú tan lleno de soberbia vienes a pedir “La Felicidad perdida de mi madre”, vamos muchacho, déjate de tonterías y llámate dichoso de poder disfrutar de un último deseo que a algunos les está vedado, te dan cualquier juguete que desees pero tú eliges imposibles- al león se le empezaba a erizar el pelo de la nuca en clara señal de enojo, Tomás no se amedrentó, a pesar de sus cortos seis años de edad comprendía al león, le habían arrancado a su cachorro tan repentinamente que no pudo cumplir su último deseo que sólo estaba reservado a los niños que estaban por dejar este mundo… -Señor León…- con su pequeña manita
tomó la feroz garra del león y la apretó –si pudiera darle mi último deseo a su cachorro tenga plena seguridad que lo haría…- Leonardo cerró los ojos al escucharlo y sintió vergüenza por dentro por como lo había tratado, giró la cabeza y vio al niño que no podía aguantar más las lágrimas y contagiándose dejó caer una sobre su mejilla, puso una garra sobre el hombro de Tomás y dijo: -Vamos muchacho, sé dónde está lo que buscas!-
La puerta que acababan de atravesar tenía un cartelito que decía “Realidad”.
La sala de terapia intensiva de la clínica estaba en absoluto silencio sólo roto por el monótono y persistente beep de unos aparatos que estaban a un lado de la cama, Tomás lentamente abrió los ojos y vio a su madre tendida a los pies de la cama dormida, con una manito le acarició los cabellos y ella fue despertando lentamente quizás viviendo el sueño que estaba soñando donde su hijito salía del coma en el que había entrado después de ese accidente y veía con felicidad como su sueño se iba haciendo realidad –mamá, encontré la felicidad que habías perdido!- -siempre haz sido tú, hijo mío, mi única y Gran Felicidad!- dijo su madre abrazándolo y besándolo por todos lados, bajo la puerta de la entrada a la sala un duro león de gran corazón no paraba de llorar viendo como el Amor, la Fortuna y la Felicidad formaban una sola realidad en esos dos seres… cuando de repente sintió un tirón de su cola, y al darse vuelta ve con alegría que un cachorro de león con los brazos levantados le dice –me levantas papá?- el desarmado corazón de Leonardo se armó de mil pedazos y levantando a su cachorro lo apretó contra su cuerpo fundiéndolo con él en una sola alma y besándolo como nunca lo había hecho dá vueltas de emoción. En una de tantas vueltas vé al Gran Conejo que lo mira con una sonrisa satisfecha, Leonardo asiente con la cabeza en señal de agradecimiento y sigue abrazando a su hijo. –Mira mamá, el Señor León recuperó a su cachorro, salúdalo!- la madre feliz de la vida saluda en la dirección que le señala Tomás, ella sin ver a nadie dice –donde quiera que estés, gracias!-
Y recuerda, tú eres la Felicidad de alguien, no dejes que te busque en vano.
ruego a Dios cuide mi alma,
y si muero antes de despertar
le suplico a Dios que se la lleve".
Tomás se despertó sobre la hierba aturdido y temblando, con las mejillas empapadas por el rocío que se había formado en el pasto que le servía de almohada. Sintió frío, se acurrucó sobre él mismo y trató de arroparse con unas mantas que no encontró. -Dónde estoy?-.
-Mamá-. Se refregó los ojos con las dos manitas al mismo tiempo y con un largo bostezo se desperezó estirando los brazos con los puños cerrados hacia el cielo y arqueando el cuerpo hacia un lado, mientras abría los ojos y abandonaba el sopor de la noche miró alrededor suyo. Lo que vio le pareció mágico, era como un jardín, no, más bien era como un bosque en invierno, nevado en las copas de los pinos como los que mamá armaba para navidad con algodón, el suelo estaba salpicado de pequeños espejos de nieve semejando huellas de gigantes, pensó en su oso de felpa blanco que lo acompañaba en las noches después que su madre le leía un cuento y lo arropaba para dormir, extrañó el beso de las buenas noches.
Se desplomó de espaldas al cielo contemplando los pájaros que volaban en círculos gorjeando sus trinos al cielo azul que ya le iba ganando la batalla a la noche. –Alguna vez volaré como los pájaros, mamá me va a enseñar- pensó.
Las risas de unos niños lo sacaron de su letargo, se sentó en el pasto que ya empezaba a secarse y vio como corrían hacia un claro del bosque. De a poco comenzaba a comprender qué era lo que hacia allí, se puso de pie sacudiéndose primero la hierba del pantalón como quien se saca chocolate de las manos, no golpeándose sino frotándose hacia abajo, se plancho la camisa de la misma forma y se acomodó el cuello él solito,-Mamá, me arreglo el cuello solito- dijo en voz alta y se enderezó el moñito de alitas que le ceñía el cuello. Debo darme prisa-, dijo, y comenzó a caminar hacia las grandes puertas del castillo.
Las antiguas y amenazantes puertas dobles de madera del castillo estaban cerradas, flanqueadas por dos enormes osos polares blancos de pelaje brillante y de postura gallarda armados con dos lanzas de pino y parados sobre las patas traseras, los niños entraban en tropel por una pequeña portezuela practicada al pie de la Gran Puerta Derecha, -despacio niños, entren de a uno y despacio, por el gran Abeto!- les decía una lechuza de pelo cano, lentes y muchos años encima que se encontraba apostada contra la Gran Puerta Izquierda–no sean atolondrados que hay para todos!- el oso polar blanco que se encontraba a la izquierda le preguntó a la Lechuza que trataba de ordenar la entrada, que por qué no habrían las Grandes Puertas –ojalá nunca sean tantos que tengamos que hacerlo hijo- fue todo lo que recibió como respuesta de parte de la Lechuza, el oso bajando la cabeza comprendió al instante.
La fila de niños se iba formando ante un atril inmenso de madera oscura y miles de años, Tomás se acomodo ordenado por un gato que amablemente le dio una tablita de madera que contenía un numero grabado a fuego, era el numero quince, tenía delante una niña rubia de pelo rizado que no dejaba de parlotear y detrás un niño fortachón que aparentaba de más edad de la que en realidad tenía. La niña le dijo que se llamaba Tina, que venía del cumpleaños de una vecina pero que lamentaba haberse perdido la torta y los globos y el show del payaso y los juegos de muñecas y la bolsita sorpresa y los… -ya cállate!- la silenció el fortachón y dándole la mano a Tomás se presentó –me llamo Raúl, pero todos me dicen Tito, puedes llamarme así si lo deseas-. –Tomás- dijo él –y mi mamá me llama Tomy, pero con Tomás estará bien- sólo su madre lo llamaba así y era un trino de pájaros escucharlo en los labios de ella y no dejaría que nadie blasfemara aquél recuerdo. -Yo pediré la colección completa de los Action Troopers, supérame en eso, vamos, dime qué pedirás?- le preguntó Tito, a lo que Tomás iba a responder pero Tina lo sujetó del hombro –no le cuentes, es un secreto de cada uno y no debes contárselo a nadie, salvo cuando te toque el turno!- los recuerdos le iban llegando de a poco acerca de las reglas del Castillo y entre telarañas se iban abriendo paso hasta la parte mas superficial de su memoria. –Lo siento, ahora lo recuerdo, sólo ante el Gran Conejo!- Catorce!- -Es tu turno Tina, suerte!- Tina le dio un beso a Tomás en la mejilla y otro a su tablita de madera, tocó la mano de Tito y dándose vuelta se encaminó al Gran Atril de Algarrobo.
Desde donde estaban podían ver a Tina pero no escucharla, Tito se preguntaba que pediría, -seguro alguna muñequita con su vestidito rosadito- dijo con voz burlona mientras empujaba a Tomás hacia adelante tratando de oír, vieron como un gracioso pero educado chimpancé tomaba de la mano a Tina y se la llevaba hacia un lado del Gran Atril, ella dando vuelta la mitad del cuerpo hacia atrás los saludó con la mano hasta casi perderse entre los otros niños que ya habían pasado por el Gran Atril. –Quince!- Tomás no tuvo tiempo de preguntarle nada a Tito, -es tu turno, a que esperas?, anda vamos!- Tomás aferró su tablita con ambas manos y dio unos pasos mientras volteaba la cabeza y veía a Tito cada vez más lejos que con el puño cerrado y un pulgar arriba le daba ánimo, acarició el relieve del número quemado y luego de dar otros pasos llegó al pie del Gran Atril.
-Puedes subir a la escalerita?- le dijo una anciana voz desde lo alto –sí, lo siento- dijo él mirando el escalón y trepando uno a uno los tres que formaban la escalerita hasta una plataforma, mientras subía vio lo que parecían ser un par de puntiagudas orejas grisáceas que iban creciendo a medida que el ascendía hasta descubrir la cabeza de un gran conejo que parecía tener la edad de todos los animales del Gran Castillo juntos. –Hola Tomás, te hemos estado esperando- le dijo con una voz cavernosa que asustó a Tomás en un primer momento pero que luego fue menguando hasta convertirse en casi la misma voz que su abuelo, los pequeños ojos del conejo lo miraban detrás de unos lentes redondos, sobre una espesa barba, -Dime tu deseo, hijo-. El Gran Conejo bajo la vista a un libro de hojas arrugadas y amarillentas, y con una larga pluma de gallo se preparó a anotar el deseo de Tomás. -Quiero la Felicidad, la Felicidad de mi madre!-
El Castillo entero calló en un silencio sepulcral, solo roto por el crepitar del fuego en las velas avivadas por el viento que se colaba por las rendijas de las ventanas, Tito se golpeo la frente con la palma de la mano en señal de desaprobación. El Gran Conejo, se tomó de los lados del atril en un esfuerzo por levantarse, dos gorilas se acercaron prestos a ayudarlo, -el Maestro quiere ponerse de pie!- susurro un topo –que ha pedido el niño?- preguntó un puma sin poder creer lo que había escuchado momentos antes, -quiere la Felicidad, la Felicidad que ha perdido su madre! Puedes creerlo?- le contestó un orangután llevándose la mano a la cabeza –No, eso es imposible!- balbuceó un gato siamés viendo como el Gran Conejo se ponía de pie.
-Muchacho, puedes pedir lo que quieras, el juguete que quieras, la fiesta que quieras, aquí concedemos tu deseo más profundo, aquí te daremos lo que más deseas en la vida…vamos, dime que juguete quieres….-
-Solo quiero la Felicidad de mi mamá- dijo casi sollozando, -estás completamente seguro?- le preguntó, –aquí cumplen todos los deseos, no?-interrogó Tomás secándose las lágrimas que ya comenzaban a asomar con la manga de su camisa, -así es- le contestó el Maestro, -entonces es lo que quiero-.
El Gran Conejo casi se dejó caer en la alta silla amortiguado por los dos gorilas que velaban por su seguridad, pasó su mano por su tupida barba, meneó la cabeza, y con un gesto llamo a uno de los gorilas –ve a buscar a Leonardo-.
La multitud se había agolpado detrás del Gran Atril, una inmensa diversidad de animales casi humanos y una gran cantidad de niños eran testigos de los acontecimientos del milenario castillo. Luego de unos minutos la muchedumbre se abrió de atrás hacia adelante como el mar se divide al paso de un barco, Tomás vio que sobresalía una larga melena color caramelo de las cabezas de entre los animales más altos, al paso de la enorme figura todos se iban haciendo a un lado, de pronto apareció en el semicírculo que se había formado alrededor del Gran Atril como un gladiador que entra en la arena con la mirada clavada en el conejo. -Debes tener problemas viejo conejo!- el Gran Conejo interpuso el brazo ante uno de los gorilas que casi se abalanzaba sobre el recién llegado, -y muy grandes Leonardo!- Leonardo emitió un rugido desafiante por lo bajo en dirección al gorila, su instinto de león aun ardía dentro de él a pesar de los años, al notar que tenía su atención el Gran Conejo le habló a Tomás –muchacho, él es Leonardo, un valiente León– a Leonardo se le infló el pecho como un globo- y él te llevará a hasta lo que buscas-. –Así es niño, no hay animal mejor que yo para buscar algo en el Gran Castillo- y dirigiéndose al conejo dijo,- y dime Viejo Maestro, qué quiere el niño que me has ido a buscar?-. El Gran Conejo lo miró desde el Atril con los ojos fieros y casi saboreando su momento de gloria ante el viejo león –simplemente, la Felicidad-, el León retrocedió y tragando saliva dijo –pero eso es imposible, cómo pides semejante cosa?!- Todas las miradas se centraron en Tomás que ya se había bajado de la escalerita y estaba delante del león – Yo Señor León, yo lo he pedido para mi madre- aún tenía los ojos colorados y las manitas juntas apretaban la tablita de madera. Leonardo dirigiéndose al conejo pero sin sacar la vista de Tomás y señalándolo dijo – por qué no le das un juguete como a todos!- el conejo pidiéndole que se acerque al atril le dijo –Leonardo, sabes que en los más de trescientos años que estoy al frente del Gran Castillo jamás he dejado un deseo sin conceder y no empezaré ahora en el final de mis días, así que guárdate tu orgullo y demuéstranos que sigues siendo lo que alguna vez fuiste!- Leonardo apretó toda su bronca en un puño, la hizo un paquetito y se la guardó en el bolsillo, -sabes que no seré ingrato- le terminó de decir el Gran Conejo, Leonardo bajó la cabeza en señal de saludo pero sin quitarle la vista y dándose media vuelta echo a andar por donde había venido, al dar una docena de pasos se lo escuchó decir sin voltearse, -vamos muchacho que no tenemos toda la vida y debemos encontrar tu “juguete”- Tomás lo siguió raudamente mientras de fondo se escuchaba –Dieciséis!-.
Tomaron por un ancho pasillo custodiado por estatuas de viejos animales en poses heroicas y seniles, el olor a incienso y rosas inundaba todo el corredor, a Tomás le hizo picar la nariz que al rascarse le hizo cerrar los ojos que involuntariamente le hizo chocarse contra el león que se había detenido ante una de las puertas del largo corredor –perdón Señor león- le dijo encogiéndose, el león le regaló una mirada seria que hizo retroceder unos pasos a Tomás, pero de inmediato le señaló el cartelito de bronce que estaba amurado en la parte superior del marco de la puerta, -comenzaremos la búsqueda por aquí- le dijo mientras tiraba del pomo de la puerta hacia adentro haciéndolo girar hasta escuchar un chasquido que al producirse la abrió de par en par. –“Amor”- dijo Tomás leyendo el cartelito mientras entraba detrás del león. Acostumbraron los ojos a la penumbra, unas viejas velas iluminaban tristes figuras que se adivinaban en sombras en las paredes laterales, el león le hizo un gesto a Tomás de que se quedara quieto mientras él avanzaba en dirección a una oscura sombra que parecía dormitar sentado a una mesa de bar. –Saludos triste figura- la sombra elevó el rostro dejando ver un semblante pálido y frágil, una mueca se dibujó y una mano hizo un ademán señalando una silla y empuñando un vaso de vidrio a medio llenar dijo –bebe conmigo- las palabras sonaron en un susurro que Leonardo no pudo casi oír, -estoy buscando algo… algo que quizás tú sepas dónde esté- le dijo Leonardo con voz calmada pero segura, -sé lo que buscas, muchos han venido aquí buscando lo mismo, pero solo se han ido con las manos vacías y otros se han quedado aquí a desangrar sus corazones y ahogar sus penas con lo único que han encontrado- bajó la vista hacia el vaso que temblorosamente bajaba de sus labios más vacío que antes –no encontrarás la Felicidad en el Amor, en él sólo hay tristeza y amargura, egoísmo e interés, soledad y sumisión, bajó la cabeza del todo hasta casi darla con el borde de la mesa e inmediatamente con un grito la levantó y con sus ojos inyectados en sangre sentenció –malditos somos los que alguna vez amamos, los que alguna vez confiamos en el amor, amor como el que tú crees es solo una sarta de mentiras- apoyándose en la mesa comenzaba a ponerse de pie tambaleándose, las otras figuras oscuras iban apareciendo detrás de el, Leonardo retrocedió hasta donde estaba Tomás, el niño se escondió detrás de él lleno de temor –un egoísmo tal capaz de desafiar a la misma naturaleza, nunca caigas en las redes del amor… nunca caigas…- Leonardo cerró la puerta tras de si tratando de hacer oídos sordos a las palabras que salían a borbotones de la boca del borracho y soltando una maldición dijo- malditos ebrios…!- miró a Tomás y tomándolo de la mano le susurró,- vamos muchacho, definitivamente no esta aquí lo que buscas-.
Se detuvieron delante de otra puerta que era un calco de la anterior salvo por el cartelito que colgaba en el dintel superior que decía “Fortuna”, al abrir la puerta los recibió un hombre rechoncho y rozagante de bigote prolijo y pelo engominado, tenía una bata de seda bordó con una inscripción dorada en el bolsillito superior que Leonardo no pudo distinguir qué era y unas pantuflas a cuadritos azules y rojos, -pero pasen y sean bienvenidos a nuestra humilde casa!-, unas personas estaban reunidas frente a una chimenea y tenían algunas una copa de coñac y otras unas largas pipas que despedían un humo plomizo que daba a la sala un aspecto sombrío y la luz dibujaba caprichosas formas entre las nubes. –Estamos buscando…- empezó Leonardo-, -lo sabemos, sabemos que buscan- Tomás se adelantó y tomando de la mano al señor le dijo casi en una súplica –entonces podrán ayudarme!- el hombre con una sonrisa franca y pasándole la mano por la cabeza a Tomás le devolvió –no muchacho, desgraciadamente no podemos ayudarte, la mayor parte de nosotros pasó su vida entera amasando fortunas tratando de encontrar lo que tú buscas… la Felicidad…- miró el suelo, en ese momento como un relámpago pasaron miles de recuerdos por la calva y engominada cabeza del hombre- no, definitivamente no podemos ayudarte… pero podemos hacerte una proposición- cuando levantó la cabeza sonreía de oreja a oreja, -cuando encuentres la Felicidad ven con nosotros que te la compraremos, te haremos una oferta por ella que no podrás rechazar, -mirando ahora al león y señalándolo le dijo –le pagaremos muy bien!-.
El pasillo antes de la última puerta tenía un escalón donde Leonardo y Tomás se habían sentado desalentados, -sabes niño, yo tenía un hijo como de tu edad, era mi cachorro, mi luz, mi vida,- el león no miraba a Tomás que sí lo escuchaba atentamente, sino que miraba al vacío, a un punto distante del largo pasillo, -la vida me lo arrebató sabes, tan joven, tan lleno de energía, no pudo cumplir su último deseo como tú, y tú tan lleno de soberbia vienes a pedir “La Felicidad perdida de mi madre”, vamos muchacho, déjate de tonterías y llámate dichoso de poder disfrutar de un último deseo que a algunos les está vedado, te dan cualquier juguete que desees pero tú eliges imposibles- al león se le empezaba a erizar el pelo de la nuca en clara señal de enojo, Tomás no se amedrentó, a pesar de sus cortos seis años de edad comprendía al león, le habían arrancado a su cachorro tan repentinamente que no pudo cumplir su último deseo que sólo estaba reservado a los niños que estaban por dejar este mundo… -Señor León…- con su pequeña manita
tomó la feroz garra del león y la apretó –si pudiera darle mi último deseo a su cachorro tenga plena seguridad que lo haría…- Leonardo cerró los ojos al escucharlo y sintió vergüenza por dentro por como lo había tratado, giró la cabeza y vio al niño que no podía aguantar más las lágrimas y contagiándose dejó caer una sobre su mejilla, puso una garra sobre el hombro de Tomás y dijo: -Vamos muchacho, sé dónde está lo que buscas!-
La puerta que acababan de atravesar tenía un cartelito que decía “Realidad”.
La sala de terapia intensiva de la clínica estaba en absoluto silencio sólo roto por el monótono y persistente beep de unos aparatos que estaban a un lado de la cama, Tomás lentamente abrió los ojos y vio a su madre tendida a los pies de la cama dormida, con una manito le acarició los cabellos y ella fue despertando lentamente quizás viviendo el sueño que estaba soñando donde su hijito salía del coma en el que había entrado después de ese accidente y veía con felicidad como su sueño se iba haciendo realidad –mamá, encontré la felicidad que habías perdido!- -siempre haz sido tú, hijo mío, mi única y Gran Felicidad!- dijo su madre abrazándolo y besándolo por todos lados, bajo la puerta de la entrada a la sala un duro león de gran corazón no paraba de llorar viendo como el Amor, la Fortuna y la Felicidad formaban una sola realidad en esos dos seres… cuando de repente sintió un tirón de su cola, y al darse vuelta ve con alegría que un cachorro de león con los brazos levantados le dice –me levantas papá?- el desarmado corazón de Leonardo se armó de mil pedazos y levantando a su cachorro lo apretó contra su cuerpo fundiéndolo con él en una sola alma y besándolo como nunca lo había hecho dá vueltas de emoción. En una de tantas vueltas vé al Gran Conejo que lo mira con una sonrisa satisfecha, Leonardo asiente con la cabeza en señal de agradecimiento y sigue abrazando a su hijo. –Mira mamá, el Señor León recuperó a su cachorro, salúdalo!- la madre feliz de la vida saluda en la dirección que le señala Tomás, ella sin ver a nadie dice –donde quiera que estés, gracias!-
Y recuerda, tú eres la Felicidad de alguien, no dejes que te busque en vano.
Tarde Piaste
El viento lo despeinaba mientras se balanceaba de lado,
tenía los brazos abiertos
y las mangas de la camisa y el pantalón se le pegaban a
las extremidades en caprichosos pliegues. El reloj se le
estaba por desprender, no le importó, era un regalo de su
esposa y todo lo referido a ella era cosa del pasado, menos
sus hijos, que era lo único que lamentaba, perder la batalla
legal por la tenencia lo había destruido y lo tenía ahora en
esta situación; los dejó bien parados, el dinero invertido
rendiría sus frutos y no tendrían de qué preocuparse, la
corbata jugaba con el viento y le golpeaba la cara, pronto
todo terminaría, miró al vacío y pensó en cuánto faltaría;
se acordó que le había quedado una deuda con un amigo,
meneó la cabeza a los lados, el pelo se le metía en los
ojos, la cercanía del desenlace, de golpe, lo hizo recapacitar,
de repente tuvo miedo, pataleó, ya no quería morir, estaba
arrepentido, pero el duro asfalto terminó con todas sus
dudas.
tenía los brazos abiertos
y las mangas de la camisa y el pantalón se le pegaban a
las extremidades en caprichosos pliegues. El reloj se le
estaba por desprender, no le importó, era un regalo de su
esposa y todo lo referido a ella era cosa del pasado, menos
sus hijos, que era lo único que lamentaba, perder la batalla
legal por la tenencia lo había destruido y lo tenía ahora en
esta situación; los dejó bien parados, el dinero invertido
rendiría sus frutos y no tendrían de qué preocuparse, la
corbata jugaba con el viento y le golpeaba la cara, pronto
todo terminaría, miró al vacío y pensó en cuánto faltaría;
se acordó que le había quedado una deuda con un amigo,
meneó la cabeza a los lados, el pelo se le metía en los
ojos, la cercanía del desenlace, de golpe, lo hizo recapacitar,
de repente tuvo miedo, pataleó, ya no quería morir, estaba
arrepentido, pero el duro asfalto terminó con todas sus
dudas.
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