viernes, 3 de abril de 2009

Enterrada Viva

La Luna con su pálida luz iluminaba las estatuas de mármol otorgándoles una extraña esencia y un aire fantasmal; sobre una tumba rematada por un ángel, una extraña figura acariciaba la fría piedra que servía de gélido abrigo a su ocupante.

-¿Que se siente amigo mío?, el estar en una prisión de mármol, el que solo sientas las caricias de los gusanos, el silencio perpetuo… Dime una cosa: ¿Para qué quieres eternidad, ser inmortal, vivir para siempre?... Cosa que todos buscamos… pero mírame ahora, mira en lo que me he convertido, una sombra de lo que era, un espectro…
Te envidio amigo mío…

Después de un largo roce con su mano en la piedra la figura se pone de pie.

-Ahora debo dejarte amigo mío, debo partir, debo buscarla, debo mostrarle todo lo que me has enseñado… tantas cosas… debo hacerle entender, debe saber que no es locura, que es otra cosa, una cosa aun mas simple, aun mas egoísta, aun mas viva…

Camina unos pasos hacia la entrada de una cripta en cuya cúpula se encuentra una gárgola petrificada.

-La traeré aquí amigo mío, donde podrás verla y la encerraré en ésta cripta y yo con ella, trabaré las salidas y la sentaré sobre ése ataúd y le contaré todas las historias que tú me contaste, amigo mío, y comprenderá, le sangraran los oídos de oír tantas pero al final comprenderá lo que solo tú y yo sabemos… al final ella nos comprenderá…

La triste figura la sentó en el ataúd que estaba en el piso y tomándole del mentón delicadamente le hizo levantar la vista, y sin mediar mas comenzó a contar sus historias, una, diez, cien, acababa una y comenzaba otra, cada vez mas larga, mas triste, mas oscura… no se detenía, ella lo miraba maravillada, sin aliento llevada de aquí para allá por la vorágine de lo que escuchaba… El interpretaba cada personaje de las historias que le contaba, cada palabra que pronunciaba no era en vano, cada palabra era necesaria de la anterior y así tejía en el interior de la cripta una tras otra las más hermosas historias que oídos hubieran podido escuchar.
Y así siguió día y noche con ella escuchándolo atentamente con la boca abierta de asombro o los labios apretados de miedo o los ojos entrecerrados de pasión…
Hasta que una noche se vio el mismo sentado en el ataúd escuchándose atentamente extasiado por las historias que él mismo contaba y que le había enseñado el desgraciado que yacía en la tumba de afuera, aquel amigo que no era más que él mismo en huesos y harapos…
De pronto se detuvo al terminar la última historia, se miró sentado en el ataúd donde estaba la mujer que ya había desaparecido hacía largo tiempo y se llevó una huesuda mano a la cara… y lloró, lloró desconsoladamente mucho tiempo, pero ninguna lágrima cayó de su cuenca vacía.

¡Ja!, como si los muertos pudieran llorar.

2 comentarios:

  1. Un experimento, la fina línea entre lo escrito y la dramaturgia. Oh! Esquilo! perdona a éste simple mortal!

    ResponderEliminar
  2. Por un momento sentí que todavia podia seguir llorando en otra vida!Menos mal que ya no me voy arrugar de tanta tristeza contenida...

    ResponderEliminar