martes, 12 de abril de 2011

He matado a un hombre

Acarició suavemente la pared de ladrillos, imaginó cómo se sentiría la rugosidad del material en sus dedos, cerró los ojos tratando de recordar sensaciones y se detuvo con la cabeza en alto un minuto hacia las torres de las campanas. Detrás de esa pared había alguien que estaba cerca de Dios, y él lo necesitaba, no lo dudó más y por ahí mismo entró a la nave central de la iglesia.
Se alegró al evocar el perfume de las flores y el penetrante olor de las velas, le recordaban a su madre, devota y fiel. No pudo ser más silencioso al atravesar los bancos y más solemne al entrar en el pasillo central frente al altar, frente a Dios, frente al espejo de su culpa.
Lentamente se acercó al confesionario, se arrodilló sobre la madera acolchada y lo esperó, al cabo de un tiempo escuchó la rejilla deslizarse desde dentro y una voz firme pero piadosa le dijo -Buenos días hijo mío- y luego de un largo silencio él le contestó -Buenos días padre-
-Cuéntame que has hecho, no temas- lo animó
-Padre- el segundo siguiente se sintió interminable -he matado a un hombre-
-Hijo mío- dijo el padre en tono conciliador aunque nervioso -usted debería entregarse...
-lo estoy haciendo- contestó el hombre sin dudarlo
-Me refiero a entregarse a la justicia de los hombres- aclaró -Yo sólo puedo darle el perdón de Dios y una penitencia, no más que eso, pero también debe responder ante sus hermanos, para que el perdón sea completo… ¿me entiende?
- Padre- lo cortó- eh matado a un hombre… no hablemos de otra cosa, ni de otra justicia, solo quiero un único perdón… ¿me entiende?
-no hijo mío, solo Dios puede quitar una vida, así como El la da, El la quita, y no solo ante El se debe responder, también…
-pero esa vida era mía, y de nadie más- le dijo serenamente antes que el padre terminara su frase – y de nadie mas…
-discúlpeme, no me obligue a pensar que usted está loco- dijo conciliador – nadie es dueño de ninguna vida en este mundo y…
-sí soy dueño de la mía y hoy la he tomado- volvió a cortarlo- creo que usted no puede ayudarme padre-
-deja que suceda lo que tenga que suceder entonces hijo mío, vete, huye y carga con el pecado por el resto de tu vida, pero no podrás salvar tu alma así – dijo sin pensar ni llegar a entenderlo- quienes desafían a Dios cargarán en vida su cruz y en la muerte el infierno se convertirá en su único hogar…
- Padre- hizo una pausa- yo ya estoy muerto-.
El Padre sintió una brisa gélida recorrer su ser, corrió la rejilla para ver el rostro del pecador pero ya no había nadie del otro lado, salió del confesionario rápidamente y le pareció ver una sombra andar por el pasillo central hacia las puertas del frente, la siguió a la carrera, bajó casi a los tumbos la corta pero ancha escalinata de granito al grito de: hijo mío vuelve! ¿Cómo puedo ayudarte si no sé dónde estás?, ¿dónde te has ido?!-
Fuera de la iglesia la nieve caía suavemente como muda testigo del espectro que acababa de desvanecerse.

martes, 18 de enero de 2011

La casa sin perros

Entrar y salir, no más de quince minutos, veinte a lo sumo. No podía pensarlo, no había por qué hacerlo tampoco, yo vivía de eso, del afano, del choreo, del golpe fácil, del pase de manos, -tú guita ahora es mi guita-. Guita para porro y putas, y un poco para la vieja por supuesto. La vieja, que piensa que el nene labura en un mercado acomodando latas. Ilusa, pero mejor así, y mejor muerto por un plomo rati antes que verla en la humillación de visitar a un hijo preso. Así sin vueltas.
Al Negro lo conozco de pendejo, de cuando le tirábamos piedras al techo de chapa de don Jaime para hacerlo salir y yo me colaba por los fondos a robarle higos, flor de empachada nos dábamos, después caminábamos por las paredes de tanta cagadera. Y así empezamos, con higos, después una que otra cartera en Plaza C y cuando llegó la tecnología, celulares. Todo es un azar, no sabés cuánto hay en una cartera o cuánto vale el celu en la reventa pero la adrenalina de manotear y salir corriendo no tiene igual. Salir corriendo, como los jugadores de fútbol que tienen una vida útil, hasta los treinta, treinta y pico y después, después pensás en otra cosa, pensás en dirigir, bueno acá si no te da el lomo para correr y ya estás fogueado y te da el balero te tirás para los bancos o blindados, guita grande, pero si sos un perejil y tenés huevos te empiezan a gustar las casas.
Con eso me vino el Negro, afanar en una casa. No era algo nuevo para nosotros, acostumbrados a las quintas o casas solas en verano. Pero al Negro se le vino a la cabeza una casita de un par de viejos que habían cobrado un juicio o algo así, tenía la justa de una batida que le habían pasado en el barrio. Guita fácil.
No sé por qué le dije que sí, algo dentro de mí me decía que no, pero la tentación puede más, la diferencia estaba en el sigilo o el engaño, una vez adentro la cosa se hacía más fácil con las amenazas, pero había un problema, los perros. Yo les tenía terror, un grito o un cuhetazo no amedrentan a un picho entrenado, varias mordidas pueden dar fe de eso, pero el Negro, sabiendo mi historia me tranquilizó, -no Juancito- me dijo- esta casa no tiene perros.

Era un barrio tipo country pero no estaba cerrado con alambrado, aunque cada casa si estaba cercada con medianeras o libustrinas, y las sombras inquietas que acompañaban nuestros pasos del otro lado de las verjas adivinaban perros en alerta. El Negro eligió las nueve de la noche porque a esa hora pasaba el basurero y nos serviría de pantalla, los perros nos ladraban a ambos, pungas y basureros éramos los mismo para ellos, una amenaza.
Nos deslizamos cautamente por los frentes ensombrecidos por los frondosos árboles de las casas y veredas, hasta que llegamos al pilar de la casa. Esperamos que el camión se alejara y los perros volvieran a sus cuchas. Cinco minutos bastaron para calmar la adrenalina canina pero ninguna eternidad sería suficiente para aplacar la mía. El Negro miró hacia adentro de la casa por encima de la verja de madera y yo miraba enfrente, a esa sombra negra que nos observaba atentamente. El Negro se dio cuenta y me sacudió, -es un perro Juan-, me dijo, -la casa está de éste lado- apuntó mientras señalaba hacia adentro.
Desde el frente hasta las luces de la puerta principal había un parquecito de unos treinta metros de largo, con un caminito recto en el medio y arbustos y algunas estatuas pequeñas que yo imaginé enanos. El plan era evitar el caminito yendo por entre los arbustitos hasta el frente de la casa. Nos acurrucamos un poco, miramos bien, saltamos la verja y nos metimos.

El primer arbusto estaba ahí nomás pegado a la entrada, era bastante tupido y nos cubrimos bien mientras desde ese lugar fichábamos mejor la casa, no había movimiento, solo una luz prendida en una de las habitaciones del piso superior y obviamente la del zaguán de la casa. -que fue eso?- le dije sobresaltado al negro -me pareció ver algo-, -dónde?- miró él en los alrededores -allá junto al camino- señalé a lo lejos -hay Juancito!- dijo con voz resignada- es una enano nada más, me hiciste cagar del susto!- me retó -me pareció que se movía-, dejate de joder y vamos-.
El Negro cruzó él primero hasta el siguiente arbolito, un limonero, lo seguí, -después le podés llevar limones a tu vieja- me dijo canchero, a mi aún me duraba el susto.
-La puta madre otra vez!- grité ahogado -se movió Negro, se movió!- decía esto sin reparar en que estaba pegado a mi cómplice, -no se movió nada, es el viento en los árboles Juan!- te podés calmar un poco?- me miró con esa mirada que antecede al bife, me calmé, pero la sombra, esa sombra que vi... era real, no era una rama.
-Después de las plantas esta el zaguán, yo me cruzo y te espero ahí- me escuchaste Juan?- Juan!-
-Si, si, te escuché, perdoná, dale, andá vos primero- lo animé.
-Cuando llegue te hago una señal y venís vos, tamos?-
-Estamos?!- Si Negro si, ya te dije que si!-
Escuché cómo se alejaba, me quedé quietito bajo el limonero que hamacaba los grandes limones como bolas de árbol de navidad, no sé por que de repente la idea de llevarle algunos a la vieja me vino a la mente. -Tranquilo- trataba de pensar en algo que calmara mi ansiedad y mi miedo, algo había por ahí, un perro? no, de haberlo ya se nos habría venido encima, no, esto era mas sigiloso, pero que era? que era?
La señal. Y la señal? Nada. Silencio. Trate de agudizar la vista y el oído, el viento mecía las ramas cada vez con mas ímpetu. Nada. -La puta madre! donde se metió éste?- Miedo. La luz del segundo piso se había apagado dejando la planta superior totalmente a oscuras. Ahora la casa estaba iluminada por la mortecina luz del zaguán, y apenas se podía ver algo. Me adelanté hasta las macetas, eran un grupo de plantas colgadas en una estructura de adorno lo suficientemente tupidas como para servir de refugio. Miré hacia la puerta, nada. Nada. Llamé al Negro lo más bajo que pude, traté de acompañar el llamado con el siseo del viento entre los árboles, nada.
-Hijo de puta!, éste se metió o se fue y me dejo clavado acá- quise calmarme, miré otra vez hacia el zaguán, el farol de la entrada se balanceaba con el viento dibujando con su luz grotescas formas en las paredes. Grotescas formas? Esas no eran formas caprichosas, esas sombras... no eran sombras.

Hoy tiempo después me doy cuenta de lo que son, o mejor dicho de lo que somos.
Recuerdo haberme lanzado en una loca carrera hacia la calle, recuerdo las sombras cruzar delante mío, recuerdo el haberme parado en seco delante de una de ellas, recuerdo el abrazo segador de la sombra sobre mi, recuerdo la luz del primer piso encenderse y una silueta mirar a través de las cortinas mientras era asimilado...
Ahora soy como un perro más, un guardián más de la casa sin perros, celoso de la mano que me alimenta con incautos y extraños.
Así como los perros cuidan su territorio así cuido yo ahora el mío.