sábado, 4 de abril de 2009

Cromagnon

Colgó el teléfono, su corazón le latía frenéticamente, sus manos le temblaban, se seco la transpiración con la remera y tomo un trago de cerveza, revolvió el bolsillo trasero de su jean y saco un paquete arrugado de cigarrillos, encendió uno con una larga pitada y exhalando el humo hacia el techo quedó pensativo un instante, se le iba a dar, Silvia le había dicho que si.

Martín cumpliría dieciocho años el treinta de Diciembre y lo quería festejar yendo a un recital, justo el jueves tocaban los Callejeros en Cromagnon y era una buena excusa para invitar a la chica que le quitaba el sueño. La conocía del colegio, era dos años menor que él pero iban al mismo curso, Martín había repetido primer año y ahora con mejores notas auguraba un buen año gracias a la presión que le había metido su padre y el reniego a trabajar, se fijó en ella por primera vez en una clase de primeros auxilios, el formaba parte de la brigada contra incendios del colegio, algo de lo que estaba muy orgulloso, aparte de hacerle zafar horas de clase tenía a su padre contenido con alguna ocupación, aunque fuera ésta. Si bien nunca tuvo que actuar se tomaba muy a pecho su tarea, sabía de mangueras, matafuegos y torniquetes. Cierto día después de una agotadora práctica la vio sentada en las escalinatas del gimnasio donde estaba guardando las lanzas, hablaba con unas amigas y se reía, sintió que lo miraba pero no se atrevió a cruzar su mirada, pensó que no era digno, ella, nena de papá y él, juguete del suyo.. en realidad estaba perdidamente enamorado de ella, pero tenía terror a ser rechazado, cuando su madre vivía le había aconsejado -la indiferencia mata, bien usada te puede hacer un ganador o simplemente, te puede matar- y él ya tenía las medidas del cajón tomadas, pero el que espera desespera, y su paciencia se había agotado, hacía tiempo que había tomado la decisión de llamarla pero no encontraba excusa, se la dieron unos amigos que irían al recital, no lo pensó dos veces y la llamó.

Silvia apretó el tubo del teléfono inalámbrico contra su pecho cuando terminó de hablar con Martín, se mordió suavemente el labio inferior, le corría un frío por la espalda que le llegaba hasta la nuca y le erizaba el cabello. Se dejó caer suavemente sobre la cama sin soltar el auricular, su largo pelo formó un abanico sobre la almohada de fino raso y mirando el techo rosado se quedó pensando en él. Hacía tiempo que esperaba que la invitara a salir pero no se daba, quizás por timidez de él o indiferencia de ella seguramente, pero ya estaba hecho y era claro que saldrían juntos.

Se miró al espejo de la pared que le entregaba una triste figura de hombre, se puso en pose heroica, saco pecho, levanto el brazo apretando el puño y luciendo sus bíceps, -a quien quiero engañar?- la imagen del espejo que se había formado en su mente explotó en mil pedazos. Sacó sus mejores prendas del armario, un jean gastado y una remera de la banda que hacía tiempo guardaba como su ropa de gala, las zapatillas Topper blancas y el pañuelo eran su uniforme obligado. Tiró todo sobre una silla y se fue a dar una ducha, quería estar lo mejor posible.

Se sentó frente al espejo iluminado de la habitación donde tenía todos sus maquillajes y suspiró mientras tomaba el cepillo y se soltaba el pelo dejándolo caer pesadamente. Sobre el espejo adivinaba el rostro de Martín mientras pintaba sus labios y no podía evitar una leve sonrisa que hacía correr accidentalmente el rush de su boca. Cómo no se había fijado antes en él, a veces lo que uno busca lo tiene tan cerca que no lo llega a ver, pensaba mientras sostenía el cepillo con las dos manos sobre su falda.

Tomó las llaves de la casa y unas monedas para el colectivo que encontró en un cajón, no tenía demasiado dinero pero era suficiente para las entradas y algo para tomar, en un papel escribió una nota -voy a salir, vuelvo tarde- la pegó bajo el imán de la heladera y salió a la carrera, ya se estaba haciendo tarde.

En la puerta saludó a sus padres, papá Marcos no aprobaba la salida alegando que era muy jovencita pero mamá Ana la dejó ir como siempre, sabiendo que su hija era ya bastante responsable y confiaba en ella.

Viajaba hacia el punto de encuentro, la esquina sur de la Plaza Miserere, el colectivo ardía de calor y gente, no le importó, iba a un recital, y lo que es mejor, iba con ella.

Papá la atajó en el porch de entrada, la miró y le dijo -te llevo-, ella le sonrió, era su papá preferido y estaba esperando el momento en que le dijera eso.

Se bajó frente a la Plaza cerca del Coto de Once, a dos cuadras del boliche, a cada minuto el corazón se le desbocaba más y más.

El auto iba lento, ella intuyó que papi no quería saber nada de aquélla salida, sonriendo le dijo que no se preocupara, que ella llegaría temprano, él le insistió en pasar a buscarla, pero ella se negó, aludiendo falta de confianza. Acordaron un horario de regreso y la dejó frente a la Estación de Once, a una cuadra del recital.

Cruzó Rivadavia corriendo sin mirar a los lados hasta la Plaza, los bocinazos resonaban en el ambiente pero él sólo escuchaba un nombre que salía de su pecho y sonaba en su cabeza, Silvia.

Atravesó la Plaza hacia el sur, hacia Rivadavia, vió que ya se reunía gente en los alrededores, grupos de muchachos reunidos en corro hablaban o gritaban según el estado de cada uno preparándose para entrar al concierto. Trató de evitarlos pero la seguían con la mirada y le decían una que otra cosa que a ella le pareció ofensiva, de repente tuvo miedo, apuró el paso, casi corrió, hasta que chocó con alguien y casi cae de bruces, pero la sostuvieron por los brazos evitando la caída, era Martín.

La tomó en sus brazos e involuntariamente la apretó contra su pecho, ella se sonrojó tratando de safarse y mirando hacia el piso, él la soltó dándose cuenta de lo que hacía y la miró buscando sus ojos esquivos. Los encontró.
La saludó con un beso en la mejilla y la tomó de la mano sorprendiéndola, ella no estaba acostumbrada a un trato tan directo pero igual se dejó hacer.
Se dirigieron hacia la esquina opuesta, la esquina donde estaban los muchachos que la asustaron, por supuesto al verla pasar acompañada no dijeron nada, ella sonrió para adentro soltando la mano de Martín y amarrándole el brazo, ahora el sorprendido era él.
Doblaron en la esquina y vieron una gran cantidad de gente que pugnaba por entrar, se acomodaron en la fila y esperaron. Silvia estaba visiblemente nerviosa pero segura junto a Martín que no se separaba de ella ni un momento.
La fila avanzaba lentamente, ya se oían los primeros acordes de la banda que llegaban sordos hasta ellos, debían de estar cerca pues la fila se iba engrosando y el cacheo se volvía tedioso. Ya casi estaban en la puerta cuando la música dejo de sonar y sólo se escuchaban los coros de los que querían entrar, pero también, extrañamente, había quien quería salir. Los empujones de la gente los atraparon entre dos paredes de cuerpos sudados, Martín abrazo fuertemente a Silvia y la sacó hasta bajar el cordón de la vereda mas allá de las vallas de contención que de nada servían. No entendía por que sus ojos estaban irritados, quizás sería por el humo que empezaba a salir por los techos encima de las puertas... la gente gritaba y corría.
Cruzó a la otra vereda junto al paredón, Silvia no le soltaba la mano, desde allí podía ver la magnitud de lo que pasaba, las puertas de entrada vomitaban chicos con los rostros negros y desencajados, algunos tosían a más no poder enrojeciendo sus caras y caían al suelo al salir tropezando con otros chicos sin mejor suerte, y lo peor, algunos salían con sus ropas chamuscadas o con sus rostros y espaldas quemadas. Era una tragedia. Martín hizo ademán de cruzarse nuevamente hacia la entrada para socorrer a los que iban saliendo pero Silvia lo tomó fuertemente del brazo, -no lo hagas!- le dijo y lo miró casi suplicándole, él la tomó entre sus brazos y la besó dulcemente en los labios, la tomó de sorpresa, -sabés que tengo que ir- se dió media vuelta y se alejó corriendo mientras escuchaba los gritos de Silvia porque no entre. Una sirena sonaba a lo lejos.
Al llegar a la entrada pudo ver de cerca lo que pasaba, la gente escapaba del espeso humo que se adivinaba sobre los dinteles de las puertas y, un muchacho en cueros se abalanzó cayendo sobre él, el cuerpo transpirado casi se le resbala de las manos, suavemente lo apoyó en el piso, llamó a dos muchachos que estaban a su lado dudando que hacer -llévenlo a la Plaza!- les gritó levantándose y viendo como se lo llevaban, se volteó hacia las puertas, ató su pañuelo en la nuca tapándose la boca, respiró profundamente un par de veces y se hundió en la oscuridad total.
Tanteando la pared fue adentrándose en lo que parecía ser un pasillo angosto, el humo le dificultaba respirar, varias veces fue golpeado por chicos que salían corriendo, se agachó y casi a gatas y avanzó hasta el final donde el pasadizo se abría a un gran playón, abrió los ojos y acostumbró su vista a la penumbra, ojalá no lo hubiera hecho, en el techo ardían pedazos de telas que caían como lenguas de fuego sobre la pista donde algunas personas corrían hacia las salidas... el venía de la única que había... las otras parecían estar cerradas pues la gente se agolpaba en una montaña de cuerpos delante de ellas. Empezó a gritar -por acá, che, salgan por acá- algunos que lo escucharon avisaron a los demás y siguieron su grito hasta él, a los primeros les señaló que siguieran el pasillo y el resto los imitó. Hombres y mujeres, casi todos muchachos de su edad o menos, algunos chicos, frunció el seño cuando vió a una mujer con su bebé que tosía con violencia, paró a un grandote por el brazo -ayudála- le dijo y éste tomó el bebé en brazos y a la mujer por los hombros y desapareció en el corredor.
Se acercó como pudo al centro de la pista, el humo se había disipado por la altura del techo, vió al frente algo parecido a un escenario por sus formas abruptas y detrás de él una extraña escalera que nacía y se bifurcaba en dos secciones que iban a la parte superior del salón, hacia los balcones que asomaban de cada lado. El llanto de un niño llegaba de la parte superior donde el humo era mas espeso. Debería subir a ver, pues nadie bajaba y temía lo peor. Subir. Pensó en que sería peligroso, insensato, no tenía razón para hacerlo... mientras pensaba esto se había tomado del pasamanos y se lanzaba escaleras arriba ganando escalones lo mas rápido posible, antes que el fuego, que se acercaba por los techos, le impida el escape. En el descanso que provocaba el quiebre pudo ver que el fuego se había producido del otro lado de donde él estaba pero avanzaba en su dirección... y velozmente. Tomó el rellano y se guió por el llanto, la oscuridad producida por el humo era total, varias veces tuvo que sostenerse para no caer, tropezaba con cuerpos que al pasar los iba tocando uno a uno, ninguno se movía. Llegó al lugar de los niños, donde el lloriqueo se había transformado en gemido, era lo que parecía el guardarropas, los pequeños estaban amontonados en un rincón tapados con unos trapos. Los tranquilizó, les dijo que los sacaría de allí, les preguntó sus nombres, -Matías, Martín, Cynthia- miró hacia la salida y vió como el fuego avanzaba por donde él había venido, no tenían escape, se le hizo un nudo en la garganta, abrazó a los niños y se puso de espaldas al fuego, primero lo agarraría a él y con suerte ellos se salvarían... o no. Silvia..., pensó en ella en esos últimos momentos, lo feliz que hubieran sido juntos, se consoló pensando que ella estaría bien, lejos del caos, del humo, del fuego... y él lo tenía tan cerca que ya podía sentir el calor, la humareda lo asfixiaba, uno de los niños ya no lloraba, el otro no se movía, trató de gritar pero el miedo lo paralizaba, apretó a los niños con fuerza contra él como dándoles lo que le quedaba de vida... sintió arder la remera, de repente una luz iluminó toda la habitación, el fuego estaba allí, cerró los ojos y esperó lo peor.
El agua como una bendición sobre su espalda fue lo último que sintió antes de desplomarse. Los bomberos habían llegado.

Silvia vió como Martín desaparecía en las puertas del boliche, quedó sola en medio del caos y la confusión, ya había dejado de gritar, emprendió el camino hacia la plaza, la gente corría a su alrededor, algunos solos, otros cargando a quienes no podían caminar, atinó a manotear el celular de su jean, no podía marcar, las manos le temblaban, llamó a su padre, -papá, pasó algo horrible!-
Guardó el teléfono en su bolsillo y comenzó a caminar hacia la plaza, los cuerpos se amontonaban en filas sobre la vereda, chicos y chicas, niños, hombres, viejos, lo que veía le parecía imposible... Una mano le agarró de la muñeca desde el piso -me ayudás?- una muchacha estaba arrodillada sosteniendo la cabeza inconsciente de otra chica, -agarrála de los pies- Silvia de repente se despertó de su shock y agachándose la ayudó.
Trataban de llevar todos los heridos a la plaza donde las ambulancias iban y venían sin cesar, los más chicos eran llevados en patrulleros, autos particulares, lo que fuera que pudiera socorrer en la emergencia. Dejaron a la chica al cuidado de un camillero, la subieron a una ambulancia y la llevaron a quien sabe que hospital. El caos era total. Volvió al frente del lugar, se preguntaba qué estaba haciendo, pero sabía que Martín la necesitaba, sentía que algo andaba mal, en cada cuerpo que era llevado lo veía a él, se le moría sin llegar a conocerlo, comenzó a lloriquear. Un bombero le puso un niño en sus brazos, sorprendida lo miró y casi inmediatamente asintió con la cabeza. El nene parecía dormido, la cabeza colgaba hacia atrás y los brazos a los lados, casi corrió hacia la calle -se me muere, se me muere!- hubiera sido atendida de inmediato con la salvedad que muchos tenían esa condición,
fue hasta la plaza con el niño aún en brazos, miró a su alrededor, no sabía hacia dónde ir... unos brazos le arrebataron al nene, era su papá -vamos que tengo el auto cerca- fue como un oasis escuchar la voz de su padre, lo siguió detrás pero se frenó en seco -Martín!-, no podía dejarlo, el padre le dijo que tenía que ayudarle con el niño y que después volverían, mirando hacia atrás lo siguió.

El lugar aún olía a plástico y madera quemada, gran parte de los cuerpos del salón ya habían sido retirados, montones de zapatillas y remeras se amontonaban contra las salidas de emergencia, los bomberos retiraban cuerpos de las escaleras y los balcones, pobre gente; en lo que parecía ser el guardarropas un muchacho cubría con su cuerpo a unos niños que estaban tirados boca abajo, al voltear al chico encontraron que uno de los nenes estaba vivo, el bombero aviso por radio pidiendo un médico urgente.
La camilla de madera salía con el cuerpo de Martín amarrado con cintas de fuerza, la madrugada ya casi daba paso al alba, las primeras luces mostraban la magnitud de lo ocurrido, era trasladado a una ambulancia con destino a algún hospital de la ciudad, aún estaba con vida.
Durmió sentada en la guardia del hospital donde habían llevado al nene, Silvia no dejaba de pensar en Martín, no se explicaba porqué había hecho esa cosa tan absurda, lo odiaba y a su vez lo quería por eso, pero lo que era peor es que no sabía si estaba vivo. El padre se había ido a la casa a buscar a su madre, ella esperaría allí alguna novedad, del niño y si era posible de Martín, le habían dicho que en cierto lugar había listas de derivación de heridos, en cuanto pudiera saldría a buscar noticias, no pararía hasta dar con él.

Escuchaba voces extrañas, una luz allá a lo lejos lo mantenía en este mundo, y sus ganas de volver a verla eran mucho más fuertes que cualquier herida que tuviera en su cuerpo. Las voces se hacían más claras, la luz más fuerte, el sentido de aferrarse a la vida inmenso... Silvia... de golpe...abrió los ojos.
Se encontró en la mesa de operaciones de algún hospital, le dolía la cabeza y tenía la mente embotada, todos los recuerdos se le vinieron de un solo golpe, se acordó de los chicos, dónde y cómo estarían, esperó que vivos, el olor a quemado seguía en su nariz, le dio asco, miro al techo, quería un cigarrillo, no, por ahora basta de humo, miro alrededor, -quedate tranquilo, es una pavada- escuchó mientras sentía que una mano le palmeaba el hombro, no se tranquilizó, hizo ademán de levantarse, otras manos le impidieron hacerlo, vió como le acercaban algo a la cara... trató de zafarse... los ojos le pesaban... la luz se iba apagando...quedó en una profunda oscuridad.

Pasaron ya tres meses de la tragedia, había pasado el tiempo de las víctimas y ahora era el tiempo de los culpables, era tiempo de los cambios, como siempre después de algún acontecimiento.
Todos los días, después de clases, en el horario de visita, Silvia iba a verlo al hospital, Martín estaba en terapia intensiva, inconsciente desde la operación, los doctores habían dicho que era cuestión de tiempo, que si no despertaba en unos meses podía llegar a ser irreversible, que estaba en manos de Dios...
Ella no se rindió, seguía viéndolo, le hablaba, lo acariciaba, rezaba, lloraba... el cielo debía de escucharla, eran tan jóvenes, casi sin conocerse y perder la oportunidad del amor, eso era perder la vida sin morir.
...Y no rendirse dio sus frutos, cierto día de visita Martín despertó, se puede llamar milagro o lo que tenía que pasar, para Silvia no importaba, ella volvía a sonreír después de tanto tiempo, después de tantas pesadillas y después de tantas lágrimas. El la vió a su lado, le sonrió, ella se tiró a los pies de la cama y lo tomó de la mano, lo miraba con compasión, sus ojos brillaban - siempre estuviste conmigo- le dijo y ella asintiendo rompió a llorar...

Tiempo después, caminando con ella por el barrio le dijo que no sería ya el mismo de antes, la piel de su espalda pese a los esfuerzos de la cirugía no había quedado muy bien, pensó que quizás su relación con ella se iría desgastando día a día, que ella encontraría alguien que pudiera hacerla feliz más de lo que él podía hacerlo, y eso era demasiado, Silvia lo miró, puso la mano en la nuca de él, lo acercó hacia ella -siempre vas a ser mi héroe, tonto- y lo besó apasionadamente.

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