Lo vi con la mirada perdida abstraído en quien sabe qué pensamiento, pensé en los momentos alegres que me había regalado, llenando el vació que reinaba en mi casa.
Sus cortos pero bien vividos años, pesaban en su vida más que sus penas. Había vivido feliz, con un amor pasajero, dos hijos que hoy ya no estaban junto a él, un hogar donde era valorado y respetado. Todo el que se le acercaba lo escuchaba atentamente, en silencio. Sí, en verdad era el centro de atención de la casa.
Al amanecer de su último día cantó como nunca, ni en sus años mozos lo había escuchado así.
Llenó sus pulmones y cantó hasta hacer sangrar su garganta, mis oídos recordarían ese orgullo en el final de mis días, después durmió tranquilamente hasta que la luz de la cocina lo despertó. Era mi madre, que pese a lo por venir, seguía su rutina con él.
Era la hora.
Entré a la cocina, mi madre al verme me sonrió con tristeza, la abracé fuertemente, la tomé de las manos, no quería oírla sollozar, la llevé rápidamente al comedor, la senté en su sillón y le dije que era lo mejor para él. No sé si entendió, la mejoría de la muerte de esa mañana la había confundido, le alcancé un pañuelo y comenzó a llorar amargamente.
Desandé mis pasos, al pasar por el pasillo tomé el arma que había dejado apoyada en el marco de la puerta, qué ironía, un matagatos, el frío del caño me estremeció, -¿que estoy haciendo?-, -lo mejor para él-, me consolé y entré a la cocina.
Ahí lo vi, con la mirada perdida contra la ventana, unos pájaros al verme salieron volando, quizás algunos amigos.
Pensé en la soledad que sentiría, maldita enfermedad. Lo agarré con ambas manos, él se dejó asir, besé su cabeza, lo devolví a su lugar.
Quería hacerlo rápido, las manos me sudaban, tomé el arma y por los barrotes pasé el caño hasta su nuca, él se estremeció, me daba la espalda, sabía lo que venía. Dudé, no tenía el suficiente valor, bajé el caño, las manos me temblaban, él volteo la cabeza, sus ojos brillaban al verme, hinchó el pecho y desplegó las alas, el sol que entraba por la ventana iluminó con sus rayos el rojo de sus plumas volviéndolas de fuego, cerré los ojos y disparé.
Caí de rodillas al piso dejando caer el arma, mi madre acudió corriendo al escuchar la caída, me oprimía el corazón aquella carga, mi madre ya repuesta me consolaba, -era lo mejor para él- me susurró. La abracé por un largo rato.
Había sacrificado al canario.
jueves, 18 de junio de 2009
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noooo es terrible lo que el hombre puede hacer por alguien que no es de su propia raza.
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