miércoles, 8 de septiembre de 2010

Isabella

Un solo pensamiento habitaba en su mente, una sola palabra repiqueteaba al son de los cascos de su montura, -resiste! resiste! resiste!- el tiempo apremia y voy demasiado lento- se acostó sobre el lomo de su corcel y en un susurro le dijo -amigo mío, perdóname- acto seguido clavó las espuelas con tal fuerza que el caballo aceleró el tranco a casi
el doble de velocidad, -resiste!, resiste!, resiste!-
El camino comenzaba a escarparse y la velocidad disminuía, pero ya se distinguía la silueta del castillo en ruinas entre la espesa niebla de la madrugada, había cabalgado toda la noche sin descanso pero a él le pareció interminable, más aún sabiendo que ella corría grave peligro.
Se detuvo a unos cien metros de la ruinosa entrada y se ocultó tras unos arbustos para observar el movimiento de los centinelas, -son solo dos en la entrada, otros dos del otro
lado y tal vez unos veinte dentro- dijo -son demasiados para un solo hombre y su caballo no te parece?- el alazán dió un relincho y al jinete le costó retener su bravura por avanzar
-tranquilo amigo, sé que nunca escapamos de una buena pelea, solo quiero que recuperes el aliento- desenvainó su espada con las últimas palabras y al grito de guerra se lanzó a todo galope hacia las puertas.
Iba acompañado de la sorpresa, los dos primeros no lo vieron venir, y los dos de adentro vieron un caballero y un caballo por última vez, al entrar a la plaza se deshizo del alazán,
azuzándolo con su escudo, y en el centro del patio, apretando los dientes miró a los fieros guerreros con mirada desafiante, una espada brillante y sedienta de sangre en su mano derecha y una rodela en el brazo izquierdo, su respiración acompasada y profunda y el grito de un nombre a las alturas al asestar el primer golpe...
minutos después el último sonido era ahogado por una certera estocada dando lugar a un silencio de muerte roto por el correr se la sangre entre los baldosones y un grito sofocado llamando su nombre desde lo alto de la torre...
Corrió hacia un lado y ganó la escalera de piedra a una velocidad de miedo, al llegar arriba pateó la puerta podrida de madera sacándola de los goznes y tirándola al piso, ahí la vio en las sucias manos de su enemigo con el vestido violáceo desgarrado de un tirón en su pecho, la miró a los ojos, esos ojos que regalaban dulzura ahora presas del terror y no pudo aguantarlo, había llegado justo antes que su enemigo concretase su felonía, duró poco el alivio al ver su daga en el delicado y blanco cuello de la muchacha, -Isabella- dijo entre dientes mostrando un segundo de debilidad que fue aprovechado por un asesino que estaba oculto a un lado en las sombras, un movimiento rápido y la estocada firme y certera cercenó la garganta de punta a punta haciendo tambalear la cabeza a punto de desprenderse, el caballero, salpicado por la sangre del caído miró con furia a su rival que trataba de escapar con su valioso rehén, -Isabella- susurró una vez más como si el pronunciar su nombre diera renovado vigor al caballero que con un movimiento audaz de ella logrando
zafarse dio tiempo y espacio para que el caballero pudiera abalanzarse sobre él, que al verle trató en vano de asestar puntadas con la daga solo batiendo el aire antes de la caída. El caballero apretó con furia su mano hasta hacerle soltar el cuchillo y con una mirada de veneno y furia en sus ojos contemplo el miedo y la muerte en los de él cuando lo arrojó como un costal por el agujero de la ventana hacia el vacío. -Isabella...- fue su palabra ahora mas calma -Nassin...- fue todo lo que obtuvo como respuesta antes de verla desmayarse.

Cuando ella despertó lo vió en la orilla del arroyo con el torso desnudo abrevando su caballo, las ideas se demoraban en acomodarse en su cabeza, atardecía, casi no recordaba nada de las horas pasadas, o lo recordaba todo? Su habitación, el vestido, el anillo, la boda, el viento en las cortinas, la ventana abierta, el hombre en las sombras, la mano tapando su boca, la pelea, la daga en su cuello, comenzó a desesperarse, a temblar, gritó, unas manos la aferraron por los hombros calmándola, era él, su salvador, su caballero, su campeón. –Nassin- le dijo con voz suave y lo miró a los ojos, esos ojos fieros, endurecidos en mil batallas pero tiernos y bondadosos al posar su mirada en ella –gracias- dijo con voz más calma- algo en mi sabía que me encontrarías, es más, deseaba que fueras tú el que lo hiciera- un dedo se posó en sus labios llamándola a silencio –no digas más princesa, conoces el límite- le dijo- mi corazón jamás escuchó hablar de tal cosa- le contestó ella con una mirada inocente, una sonrisa se dibujó en los labios de Nassin, cosa extraña, acostumbrado a tratar con la muerte a cada paso y no amedrentarse se sentía sin fuerzas delante de ella quizás debido a algún hechizo o alguna mala arte que le habían hecho, pero no podía resistirse a sus ojos, a su voz, a su aroma… -No! Por favor Isabella, debo llevarte a los brazos del príncipe, él es quien debería ocupar tu corazón –le dijo apartando la vista, ella tomó delicadamente su barbilla, con su mano trajo lentamente su rostro hacia el de ella, miró sus labios, sentía el calor de aquel hombre, un calor que él no dejaría escapar, lo acercó un poco más y lo besó. Al menos un poco de su calor había robado. -Si tan solo pudiéramos morir y volver a nacer en otras personas, en otro tiempo, sé que nos buscaríamos y sería todo tan diferente a como es ahora…- dijo ella suspirando, -son solo sueños, mi señora, sueños que no deberías soñar- le cortó él en seco.
A la lejanía se divisaba una fastuosa escolta encabezada por el príncipe consorte, un muchacho de la mitad de la edad de Isabella y con el doble de soberbia y arrogancia, - ahí viene por ti, quizás puedas enseñarle la diferencia entre el puño y el filo de la espada- dijo con un gesto y cara de piedra- aunque siempre habrá quien se ensucie por él- al decir esto montó en su caballo y de un costado tomó una bolsa de cuero llena de monedas de oro –me gustaría que le devuelvas esto- sacudió un poco la bolsa para hacer notar el tintineo de su contenido- me rescataste por dinero?- se sorprendió ella – solo valgo para ti una bolsa de monedas? –le gritó,
No Isabella, tú sabes bien por que lo hice, solo que quiero que él lo piense así – respondió.
-Adiós Nassin, mi fiel caballero- dijo ella- Adiós Isabella, mi señora- fueron las únicas palabras que pudo articular y seguido a esto espoleó su caballo y echó a andar, ella se quedó un largo rato viéndolo alejarse mientras la escolta se acercaba.
Con el tiempo algunos contarían que ésa fue la única vez que vieron a un caballero llorar.

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